jueves, 10 de mayo de 2012

Un cajón de cuentos (XXI): El hombre que pudo reinar de Rudyard Kipling


Los territorios montañosos que quedaban al noroeste del Imperio Británico de la India, una vez traspasado el legendario paso de Khaiber, eran conocidos como Kafiristán o “tierra de los infieles” porque, a finales del siglo XIX, el emir afgano Abderrahman había proclamado que todas las tribus de ese enorme país debían ser musulmanas, pero los kafires se habían negado a deshacerse de sus viejas costumbres. Por aquellas míticas e ignotas tierras, el gran Alejandro Magno pasó con su ejército grecomacedonio extendiendo su vasto imperio y es por ello que, según la leyenda, los habitantes de aquel lugar se consideran descendientes de las guarniciones que allí quedaron. De ahí los rasgos de piel clara y cabellos rubios que conservan todavía en el pueblo de los kalash y ese culto solar que se remonta a las épocas de Iskander Kebir, o dicho de otro modo de Alejandro Magno.
Hace ya unos cuantos años tuve la ocasión de leer en una vieja edición que contenía varios relatos de Rudyard Kipling uno titulado El rey de Kafiristán, que más adelante he tenido la oportunidad de releer con el nombre del El hombre que pudo reinar. Esta larga narración es una de las historias más memorables de su autor y por tanto de la literatura, en el que Kipling se hizo eco de esa pasión desaforada por explorar y descubrir lugares inhóspitos donde el hombre occidental casi nunca se había aventurado. De hecho, parece ser que los personajes de su historia están basados en un caso real, el norteamericano Josiah Harlan, masón como Kipling y como los protagonistas, que a mediados del siglo XIX se internó en ese olvidado lugar, llegando a alcanzar el título de príncipe de Ghor y encabezando un ejército de 2600 soldados, 2000 caballos y 400 camellos con los cuales consiguió cruzar las indómitas cumbres del Hindu Kush.
Y es que el misterio de esas tierras que subyugó a tantos europeos, supo recogerlo Kipling en tan impecable relato. Algún enigmático secreto que iba más allá de la simple búsqueda de tesoros, parecía rodear la infranqueable barrera de cadenas montañosas y el mismo autor en su historia mostraba que ni siquiera el pozo de saber que significaba en aquella época la Enciclopedia Británica, era capaz de arrojar alguna luz sobre el territorio. Pero este es un buen comienzo para una gran aventura, la de dos pícaros de nombre Danny Dravot y Peachey Carnehan que deciden adentrarse en un país secreto con la sola intuición de que su sueño de riquezas y poder se hará realidad al alejarse de su identidad occidental que los desprecia por anárquicos, rufianes y trotamundos. La posibilidad de convertirse en reyes y dioses parecía todavía real en aquella época.
El relato de Kipling es una auténtica aventura que avanza con la maestría que solo él sabía aplicar, en la que el mismo autor ejerce de protagonista indirecto de una narración que presenta en su primera mitad a los protagonistas de la historia desde la perspectiva de Kipling, para pasar a ser en su segunda mitad un relato de las aventuras pasadas por los dos pícaros en la voz de Peachey Carnehan. Este cambio de voz narrativa es uno de los grandes aciertos del autor porque da el enfoque desde fuera y desde dentro y además dota a cada narrador de un tipo de voz diferente. La historia que nos cuenta el Kipling protagonista está narrada por un periodista (como lo era el propio autor en una época de su vida) y nos sirve para describir a los otros dos personajes y situar los ejes de la historia, mientras que la narración de Carnehan, intercalada por las apreciaciones y preguntas del mismo Kipling protagonista, nos relata lo acontecido desde la perspectiva de una persona trastornada por los acontecimientos, utilizando para ello constantes cambios verbales que simbolizan la incoherencia de una persona que ha sufrido, pero que mantiene su fidelidad hacia el amigo perdido; porque en el fondo es una historia de amistad profunda que solo se altera cuando uno de los dos protagonistas, embriagado por el afán de poder, cree haber encontrado su destino más allá de la simple adquisición de riquezas. Pero también es una novela picaresca moderna donde dos entrañables fanfarrones alcanzan aquello que ni siquiera el poderoso ejército de Alejandro pudo mantener. Kipling logra que nos situemos a su lado y escuchemos las increíbles aventuras de estos dos pillos desde la evocación de una inquebrantable amistad.
Y esta soberbia historia pasó al cinematógrafo de la mano de John Huston.  Probablemente la última gran película de aventuras clásica que toma el relato al pie de la letra y alarga aquello que Kipling había sugerido tan bellamente. Aún así la película contiene la suficiente dosis aventurera como para sentir que el relato está enteramente contenido ahí. Quizás la baza más importante es la impresionante actuación de Michael Caine y Sean Connery, que saben desmarcarse del registro naturalista y actuar desde la mítica de aquellos clásicos perdidos para siempre, confiriendo a sus personajes la justa dosis de autenticidad que corresponde a dos pícaros de la literatura. Mientras el relato sigue una línea cronológica, en la película se nos muestra como un gran flash-back en el que un derrotado Carnehan cuenta toda la historia. La historia narrada por Huston confiere casi toda su importancia al relato de la aventuras en Kafiristán, mientras Kipling había sabido contrapesar ambas historias.

martes, 24 de abril de 2012

El mundo de ayer




Son tiempos convulsos donde el valor de una Unión Europea empieza a resquebrajarse. Europa ha sido un sueño para muchos, pero la consecución de ese ideal nunca se ha llevado a cabo de forma satisfactoria porque se ha implantado desde bases estrictamente económicas. Pretender encauzar un destino común teniendo en cuenta tan solo la fuerza económica, supone un sostén demasiado débil que enseguida tiende a mostrar desequilibrios entre los pueblos integrantes. Sin embargo, cuando un europeísta convencido como Stefan Zweig persigue el ideal de una Europa unida y fraternal, lo hace desde presupuestos humanistas que pregona a través de sus venerados maestros: Erasmo, Montaigne, Tolstoi, Rolland y tantos otros biografiados. Ya en 1919, después de la devastadora guerra que asoló el continente, Zweig escribía en un artículo que “nuestra Europa no podrá seguir manteniéndose económicamente como la unión fraterna, puesto que empleamos y pagamos sin provecho alguno a veinte millones de hombres como funcionarios y soldados para alimentar nuestra mutua desconfianza”. Zweig, con un profundo sentido humanista, nos advierte que los grandes hombres constructores de ideales como los científicos, músicos, poetas son el modelo a seguir porque “lo que ellos dan no se lo han quitado a nadie”, mientras que “el dominio terreno, militar y político (y económico añadiría yo para estas épocas) de un individuo surge sin excepción de la violencia, de la brutalidad…”.
Pero si traigo aquí a Stefan Zweig es por ser el autor de uno de los textos más brillantes, esclarecedores y emocionantes que se hayan escrito sobre el final de una época y el devastador, caótico y acelerado inicio de la que nos ha tocado vivir. En El mundo de ayer, subtitulado Memorias de un europeo, el autor repasa someramente toda una vida enlazándola magistralmente con el devenir de un continente a la deriva. Lo más sorprendente, teniendo en cuenta la cantidad de obras y nombres que aparecen en la obra, es que Zweig no dispone de más material que su memoria para rememorar una historia de medio siglo, pero incluso esa dificultad redunda en beneficio del libro porque como bien aclara “no considero a nuestra memoria como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio”. Oliver Matuschek ha escrito recientemente una exhaustiva biografía sobre Zweig, repasando toda su vida a través de cartas, diarios, opiniones cercanas y biografías de las personas que lo conocieron, bajo el título de Las tres vidas de Stefan Zweig, ya que originalmente el autor vienés pretendía presentar sus memorias como “Mis tres vidas”, aunque se dio cuenta de que lo narrado en el libro era un auténtico fresco de toda una época en vez de unas memorias al uso. Matuschek recuperó la idea para mostrar que la vida de Zweig tenía tres períodos bien diferenciados. En el primero, formativo para el escritor, se muestra la vida de una Viena que veía venir el ocaso del imperio austrohúngaro y el inicio de una época cultural fascinante; el segundo trata de su ascenso a la gloria literaria desde el retiro de su casa de Kapuzinerberg en Salzburgo y alcanza hasta la llegada del nazismo; y el tercero relata su huída permanente hasta el suicidio en Brasil.
Y es que uno de los momentos más fascinantes de un libro tan rico es el de la evocación del mundo cultural vienés que Zweig vivió con intensidad y plena consciencia. El tiempo ha servido para ofrecernos la verdadera mesura de lo que se gestó en la Viena fin de imperio, pues como decía Jose Mª Valverde: “Aquellos vieneses no sabían que eran tan importantes –y el mundo no se dio cuenta tampoco hasta mucho después-; ellos manejaban temas y problemas formales que hoy nos parecen esenciales y revolucionarios, en espectáculos, conciertos, pinturas y edificios entonces un poco a trasmano de la atención universal, en artículos y libros que tardaron en leerse, en cursos limitados a lo universitario o, incluso, en discusiones periodísticas o conversaciones en los cafés”. El mundo de ayer está plagado de momentos culturales y evocaciones personales de sus encuentros con los grandes artistas del momento, reminiscencias casi mitómanas de su acercamiento a personajes como Gustav Mahler, Joseph Roth, Hugo von Hofmannsthal, Herman Hesse, Auguste Rodin, Arthur Schnitzler, Sigmund Freud, Richard Strauss o Rainer María Rilke —bellísimo texto admirativo el que dedica al solitario poeta-. Y de todos ellos Zweig extrae la enseñanza de que es necesario ver y aprender sin precipitarse. Su admiración es sincera y su entrega por personajes como Verhaeren o Rolland es casi obsesiva, hasta el punto de incluirlos en sendas biografías. Lo cierto es que sus trabajos biográficos, que tanto éxito le brindaron, pretendían ser un compendio de figuras preeminentes que asentara las bases de su proyecto humanista cultural.
Otra de las temáticas que aparecen constantemente en el libro es su obsesión como mitómano cultural que tanto repercutiría en su obra. Su afán compulsivo por coleccionar manuscritos y autógrafos de escritores, músicos y personajes importantes en general –incluso poseía uno del mismo Hitler- respondía por un lado al homenaje que rendía un hombre entregado a cualquier tipo de representación artística pero, sobre todo, a su interés por desentrañar el misterio de la creación artística y la indagación introspectiva de los personajes que solía estudiar. Aunque poseía multitud de documentos de coleccionista, su pieza de museo favorita y además la más insólita, constituyó el haber conocido a una octogenaria vecina muy particular. Sobre ella Zweig nos cuenta: “Pero nada me ha emocionado tanto como el rostro de aquella anciana, la última persona viva a la que habían contemplado los ojos de Goethe. Y quizá yo, a mi vez, sea el último que hoy puede decir: he conocido a una persona sobre cuya cabeza descansó un momento la mano cariñosa de Goethe”.
La segunda etapa en la vida de Zweig coincide con su ascenso a la popularidad  hasta el punto de convertirse en un auténtico best-seller envidiado por casi todos sus colegas, ya que la mayor parte de sus grandes obras se suceden en este período que comienza tras el final de la primera guerra mundial. Pero también es la época de su profunda implicación pacifista y humanista, originada a partir de su abierta significación en contra de la guerra y que le lleva a escribir textos y dar conferencias en pos de una unión espiritual europea. Zweig fue además un gran viajero cosmopolita en búsqueda permanente de la belleza pero también de la fraternidad mundial; un escritor que supo ver en los ojos de la tragedia y comprender los males que cercaban al ser humano.
Pero la vida de Zweig todavía habría de dar un vuelco que ya había empezado a intuir años atrás. El ascenso al poder de Hitler y la anexión austríaca obligaron al autor a comenzar su largo período de exilio y a convertirse en un hombre sin patria: “el día en que perdí el pasaporte descubrí, a los cincuenta y ocho años, que con la patria uno pierde algo más que un pedazo de tierra limitado por unas fronteras”. La visión que nos ofrece Zweig de su interminable periplo sin final nos recuerda tristemente algo que todavía sigue muy presente. Aún tuvo la esperanza de que había un mundo posible al llegar a Brasil, pero las angustiantes noticias que iban llegando de una Europa en llamas acabaron por deprimirlo y provocaron su huída de este mundo. En febrero de 1942, en su casa de Petrópolis, tuvo tiempo de arreglar  los papeles y dejar todo en orden, escribió una declaración a los periódicos agradeciendo su estancia en aquel país, escribió además una serie de cartas de despedida y junto a Lotte, su segunda mujer, se envenenó. En la carta que escribió de despedida a su ex-mujer Friderike acaba diciendo: “Estoy seguro de que alguna vez vivirás mejores tiempos y comprenderás por qué mi pesimismo me ha impedido aguantar más. Te escribo estas líneas en mis últimas horas. No puedes imaginarte cuán aliviado me siento desde que tomé esta decisión. Dales a tus hijas recuerdos cariñosos de mi parte, y no sufras: recuerda siempre cómo he admirado a Joseph Roth o a Rieger, que supieron evitar el sufrimiento. Ten coraje, ahora sabes que estoy tranquilo y feliz. Con amor y amistad,
Stefan.”

Además de El mundo de ayer en la edición de Acantilado, he utilizado de la misma editorial El legado de Europa  de Stefan Zweig. También me he servido de Las tres vidas de Stefan Zweig de Oliver Matuschek en Papel de liar y Afinidades vienesas de Josep Casals en Anagrama.

domingo, 8 de abril de 2012

Un cine emocional

 
Cuando un libro o una película me han rasgado en lo más profundo, me invade una sensación de embriaguez que estimula y aviva el deseo de recrearme y compartirlo de inmediato, dejándome llevar por los sentimientos que han aflorado, sucumbiendo a su misterio. Escribir justo después de haberme empapado de una película como La mejor juventud de Marco Tullio Giordana provoca una reacción poco reflexiva y altamente visceral, aunque quizás era eso lo que perseguía.
Ya había tenido oportunidad de visionar esta miniserie de 6 horas de duración hace más de tres años y confieso que me dejó tan tocado emocionalmente que estuve durante una semana un tanto aturdido. Desde el momento en que abrí este blog, supe que había algunas cosas de las que hablaría más tarde o más temprano y esta película debía de ser obligadamente una de ellas. Un día festivo y toda una tarde por delante me han permitido revisionarla de un tirón.
A veces, la sencillez de una propuesta puede dar pie a confundirse con un cine fácil del que siempre he rehuido. Y es que las narraciones de sagas familiares que recorren el curso de los acontecimientos históricos ha sido un recurso muy manido, pero útil para la ficción televisiva. También el cine ha dado ejemplos memorables y grandes fiascos, pero probablemente en la televisión el riesgo es menor porque no suele pretender recrearse más allá de la narración. En todo caso, la historia que nos cuenta La mejor juventud recorre la historia italiana desde 1966 hasta el 2003, a través de las vidas de la familia Carati, haciendo hincapié en cada momento en los sucesos que jalonaron ese período pero sin olvidarse que son los personajes los que van marcando el terreno. Es la historia amplia de Italia y sus paisajes, entremezclados con la pequeña historia de una familia.

Aunque su arranque pueda parecer algo convencional, ya que empezamos a entrever una de esas películas donde los personajes van a ir creciendo al ritmo del tiempo sin más, la intensidad empieza a subir al poco de entrar en escena un personaje memorable que se convertirá en el eje vertebrador entre los dos hermanos protagonistas y a la vez en causa de su destino. Aquí me detengo para descubrirme ante el cine de las miradas, porque en esta película los ojos hablan y ¡vaya si hablan! Sentir la mirada de Giorgia, la joven desequilibrada que reside en un psiquiátrico, como después la de Matteo, uno de los hermanos protagonistas que comparte con Giorgia la fragilidad de un mundo interior autodestructivo, o la sabia e intuitiva mirada de los abuelos que parecen ver más allá de lo que se muestra, es una auténtica lección de cómo mirar a la cámara y además sucede que esas miradas generan nuevas historias. Nunca los ojos expresaron tanto.
Otro de sus puntos fuertes es el magnífico guión que sustenta la historia. Los personajes hablan con naturalidad, en los diálogos se dicen muchas cosas que permiten evolucionar a los personajes sin brusquedad; su lenguaje no es impostado y sin embargo se observa que la vida se explica a través de sus palabras. Vuelve a surgir aquello de que lo sencillo no es lo fácil. Además, dibujar unos personajes con tanta claridad es una tarea a la altura de los grandes novelistas  y en esta película lo que nos cuentan los hace más creíbles, sus giros y cambios fluyen con invisible naturalidad, fruto del proceso espontáneo de su evolución. Porque no hay buenos ni malos, perdedores o ganadores, pero hay muchos claroscuros en todos ellos; son verosímiles. Las decisiones y elecciones de cada momento tienen fuertes repercusiones y mueven  constantemente los hilos narrativos.
Cuando hablo de un cine emocional, me refiero a esa película donde lo que está pasando remueve las vísceras. Es posible que nunca haya llorado tanto como en esta película y, sin embargo, qué dulces han sido las lágrimas. Una historia que recurre al drama y a la pasión, pero nunca de forma empalagosa y donde los momentos de luz parecen reforzar la intensidad vital de una película que no se olvida de recordarnos que “todo lo que existe es hermoso”.  Las utopías y los sueños del pasado parecen diluirse al enfrentarse con una realidad no imaginada y es que la vida sigue su curso natural y por ello es a veces dura e injusta, pero la gran fuerza del amor parece resistir y enmendarlo todo.
Se tratan muchos temas en esta película: la psiquiatría, la revolución, el terrorismo o la mafia, pero esos son ejes vertebradores sobre los que se vehicula un cine que habla esencialmente de la familia y la amistad. Podría pensarse que es poco original, pero lo importante es la manera de presentarlo y en esta película llegas a entender tantas cosas y a aprender tantas lecciones de vida que acabas dejándote seducir por su misteriosa belleza. La sencillez del discurso, insisto.
No me puedo olvidar de mencionar su banda sonora… Al lado de las típicas canciones de cada época, aparecen intensos motivos musicales como Oblivion y Remembrance de Astor Piazzola o el aria de Aquilarco de Giovanni Solima  y otras piezas del repertorio clásico. Pero ante todo hay un motivo que aparece constantemente para la relación de los dos hermanos, es el famoso tema de Jules et Jim de George Delerue —un guiño evidente a la película de Truffaut y su triángulo amoroso— que aquí brilla con renovada intensidad gracias a su lirismo. Naturalmente esta película exige ser visionada en versión original, sin duda alguna.
Una recomendación de buen cine narrativo, quizás traído de una forma muy apasionada y nada analítica, pero en ocasiones es mejor no buscar demasiadas lecturas y entregarse sin más.



martes, 27 de marzo de 2012

Lo sobrenatural en Arthur Machen



Entre los renovadores del terror contemporáneo, quizás sea Arthur Machen uno de los más influyentes en su evolución y sin ninguna duda el poseedor de una de las prosas más exquisitas en ese terreno. Gracias a él, el cuento de miedo sufrió una mutación que lo alejó definitivamente de los misterios sobrenaturales decimonónicos. Como apuntaba el estudioso Rafael Llopis en su introducción a Los mitos de Cthulhu “Machen sintió que era necesario revisar a fondo el cuento de miedo. Y empezó a eliminar de él una serie de elementos caducos: el castillo medieval, el muerto en todas sus infinitas variedades y subespecies, la noche…En una palabra, sepultó la tramoya romántica y se puso a escribir cuentos de miedo a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes”.
Así, este galés nacido en 1863 fue capaz de renovar el cuento de miedo en los pocos años donde apareció lo más emblemático de su obra, los fundamentales relatos de El gran dios Pan, La luz interior, El pueblo blanco, La novela del polvo blanco y La novela del sello negro –estos dos últimos pertenecientes a su aventurera novela ideada como un puzle de Los tres impostores, una breve y secreta obra maestra según Borges-. Aunque escribió unas cuantas historias cortas más y otras novelas como El terror, Un fragmento de vida o La colina de los sueños, su presencia en la historia de la literatura sobrenatural se debe esencialmente a estas primeras narraciones. De hecho, al ser redescubierto en Norteamérica después de un período de poca creatividad literaria, los críticos le reconocieron su genial aportación y su conexión con un mal metafísico que ya se había desvelado en Poe. Entre sus más reconocibles admiradores se encontraba H. P. Lovecraft, quien incluyó hasta tres de sus relatos entre sus diez preferidos sobre temática fantástica. Además le rindió palabras entusiastas en su fundamental ensayo El horror sobrenatural en la literatura: “Entre los creadores actuales que han alcanzado el mayor nivel artístico en su tratamiento del miedo cósmico, pocos, si es que hay alguno, pueden igualar al versátil Arthur Machen, autor de una docena de relatos, unos largos y otros cortos, en los que el horror latente y el miedo insidioso alcanzan una consistencia y una perspicacia realista casi incomparables”. Es por eso que no es difícil encontrar ecos de Machen en la obra de Lovecraft  y su particular cosmogonía, ya que el galés fue el primero en buscar el horror y el misterio “en un pasado bárbaro y terrible que aún acecha en las profundidades” en palabras de Llopis.
Y es que la raíz celta de sus antepasados le sirve a Machen para indagar en un tipo de horror que se adentra en los misterios del culto pagano, en una región de misticismo y oscuridad muy próxima al folklore. El mismo autor escribe en una carta: “Ahora estaré siempre convencido de que no hay nada imposible en el mundo. Supongo que no hace falta añadir que ninguna de mis experiencias tiene relación con imposturas tales como el espiritismo o la teosofía. Pero creo que vivimos en un mundo de gran misterio, de cosas insospechadas y absolutamente asombrosas”. Las historias de Machen resucitan un saber olvidado por la mayoría de los hombres que parece necesario para la exacta comprensión del mundo, aquel que evocan los mitos y libros sagrados y que aparece en la cultura a través de ceremonias y rituales. El misterio insondable que nos envuelve es una realidad oculta según Machen, quien a través de sus relatos nos intenta desvelar esa naturaleza feérica. Y aquí surge el hecho aterrador y desconocido que evita la representación directa, pero que se percibe en la cotidianeidad y se muestra solamente en algunos personajes. Para el resto existe la sola intuición de un misterio.

Obra de Edward Miller
Además de la conexión con la naturaleza de su querido Gales, Machen se sintió inclinado hacia los secretos arcanos de la tradición pagana. Perteneció a la Golden Dawn, una sociedad secreta y de iniciación inspirada en la Rosacruz, donde se practicaba la magia ceremonial para la obtención de poderes y conocimientos secretos. A esta misma sociedad también estuvieron ligados con mayor o menor intensidad, otros escritores como Bram Stoker, Sax Rohmer, Algernon Blackwood o W.B. Yeats. Asimismo, durante su período como articulista para el periódico literario The Academy, escribió varios textos sobre los orígenes legendarios del Santo Grial y otras temáticas religiosas. Más adelante, en The Evening News, ejerció de corresponsal de arte y religión y es aquí donde se produjo un hecho que recuperó al imaginativo escritor para la ficción después de deambular por oficios varios. En septiembre de 1914, en plena guerra mundial, el periódico publicaba un relato de Machen titulado Los arqueros (“The Bowmen”) con la idea de alentar a las tropas británicas; la historia imagina un episodio  de la batalla de Mons entre británicos y alemanes, en donde se aparece San Jorge al frente de un batallón de ángeles que son los antiguos arqueros de la gloriosa batalla de Azincourt, para socorrer al ejército británico y diezmar al enemigo. Esta historia, surgida de la imaginación de Machen, empezó a convertirse en leyenda porque Inglaterra parecía necesitar de este tipo de milagros para subir la moral de la población. Decenas de soldados empezaron a escribir diciendo que ellos habían sido testigos de los hechos y nadie hizo caso de sus explicaciones. Así es como, paradójicamente, Machen incorporó sin pretenderlo una de sus historias al mecanismo del imaginario colectivo. Gracias a este hecho y a la posterior reivindicación de su figura en Norteamérica, Machen pudo seguir escribiendo unos años más hasta que su gloria se marchitó. En 1943 Bernard Shaw, Max Beerbohm T. E. Elliot crearon un comité para reunir fondos y así evitar que Machen terminara en un asilo de indigentes.

La cima de su aportación literaria al horror la encontramos en sus relatos, como en el sugestivo y elaboradísimo El gran dios Pan, donde una sucesión de acontecimientos en diversos lugares y años van convergiendo hacia una funesta historia. La maligna figura del ancestral dios Pan resurge de los resortes más oscuros de la mente, de un mundo no visible, para alterar nuestra realidad.  El pueblo blanco es una hermética historia que necesita de un lector despojado de prejuicios y que ya desde su prólogo nos plantea la dicotomía entre maldad y bondad, intuyendo que existen seres capaces de actuar perversamente sin sospecharlo. Es una obra muy extraña y misteriosa que nos relata la inquietante historia de una niña que ha dejado escritos sus encuentros con seres del bosque que parecen habitar en otro plano. En su novela Los tres impostores, que Borges emparentaba con las Nuevas noches árabes de Stevenson, aparecen una serie de relatos que se van relacionando en una trama difusa y que parecen  embaucar al lector como parte de su juego narrativo. En ese Londres misterioso y a veces desconocido se van trenzando las historias amenazantes y misteriosas, entre las que sobresalen con entidad propia La novela del polvo blanco como un remedo de Jekyll y Hyde, pero con la envoltura de los antiguos aquelarres y el Vinum Sabbati y La novela del sello negro, una brillante aproximación al indescifrable secreto de las civilizaciones milenarias.
Creo que seguiré viajando por los misteriosos caminos abiertos por Arthur Machen.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Los cuentos de Saki

Hector Hugh Munro, conocido con el sobrenombre de Saki, es uno de esos autores cuyo nombre aparece en muchas antologías de cuentos pero al que pocos suelen dar una oportunidad más allá. Probablemente, el desconocimiento sobre su obra se deba a que ésta es muy corta y -hasta hace relativamente poco- de difícil acceso. La parte más admirada de su narrativa, donde se le reconoce auténtica maestría, pertenece al relato breve que  ha sido recogido en seis colecciones y algunas piezas sueltas.
Aunque muchos lectores tuvieron noticia de este autor gracias a la inclusión que hicieran Borges, Bioy-Casares y Ocampo en su imprescindible Antología de la literatura fantástica, su conocimiento nos llegó de forma muy sesgada durante años, pues iban apareciendo algunos de sus relatos en antologías diversas y no fue hasta la selección que Borges realizara para su mítica colección de La biblioteca de Babel que los lectores no pudieron disfrutar breve pero intensamente con la obra de este excepcional cuentista. Desde entonces el panorama fue poco alentador, hasta que la editorial Valdemar  se decidió a publicar algunas de sus mejores colecciones de relatos y Alpha Decay se encargó de recopilar en un solo volumen toda su obra cuentística. Por mi parte, de entre todos sus libros de cuentos, siento preferencia por Crónicas de Clovis y Animales y superanimales porque contienen al mejor Saki posible, al irónico e ingenioso, pero también al gran fabulador de historias. Y aunque existen piezas de genio creativo en sus otros libros, creo que estos dos son una sucesión permanente de pequeñas obras maestras del relato corto. En cualquier caso, leer cualquier Saki enriquece y genera movimiento neuronal permanente.
Este autor comparte con Oscar Wilde el placer de ser ingenioso a costa de esas clases que se encuentran por encima a nivel social, pero que arrastran sus míseros defectos permanentemente. Su agudo ingenio es elegante, al mismo tiempo que afilado y despiadado y actúa como una especie de justicia social que arrolla con todo pero sin moralizar. No pretende sentenciar, ni tan siquiera ejemplificar cuales son las malas actitudes y conductas que han llevado a esa decadente clase alta hacia su final, sino mostrar con la finura de un lenguaje conciso e impecable estos comportamientos que acaban demostrando su ridiculez per se. Cuando se habla de Saki, vienen enseguida a la mente aspectos como humor negro, cinismo, crueldad, crítica social, venganza o acidez, algo que domina con implacable maestría. Es probable que pocos escritores hayan conseguido radiografiar una clase social con tanta precisión y concisión, y es que la capacidad para atrapar todas las miserias de la alta sociedad y en una vuelta de tuerca final hacerlas risibles en breves pero intensos textos es una de las características que más se aprecian en Saki. Y aunque hay quien no gusta de esos inesperados giros finales, en este autor son parte indispensable de su mecánica narrativa, pues todo el texto se encamina hacia ellos con puntillosa facilidad y convierte todos sus relatos en piezas maestras de orfebrería.
Pero ante todo en Saki hay un placer por narrar y sus cuentos pueden ser leídos pero también son excelentes para ser escuchados. Tiene relatos que apelan directamente a la pasión fabuladora y donde los personajes ejercen de contadores con buenas o malas intenciones. A veces el mismo título nos lo advierte, como en esos dos maravillosos relatos titulados El contador de cuentos y Los fabuladores donde se demuestra el poder que puede tener una buena historia bien contada, en un claro homenaje a la fantasía creadora de los grandes literatos. Otras veces la fabulación proviene de una mente imaginativa con capacidad para concebir historias en cualquier circunstancia como en la magistral La ventana abierta, una de esas historias donde el matiz de la línea final es capaz de derrumbar toda la estructura del relato contado.
Para desmenuzar toda la hipocresía que le envuelve, el autor utiliza tres tipos de personajes: por un lado encontramos al joven perspicaz, burlón y algo disoluto —Reginald y Clovis son el alter ego del autor- que, armado de una mordaz ironía, es capaz de despellejar con sus comentarios e ingeniosas salidas, a los adultos simplones que pueblan las tediosas veladas de la alta sociedad. Los animales, esencialmente gatos, constituyen uno de los personajes críticos más sorprendentes de sus cuentos como en ese excelente Tobermory, donde un gato al que se le ha enseñado a hablar es capaz de destapar las miserias de un ocioso grupo de clase alta, el cual acaba  viendo un hecho sorprendente como algo insoportable. Aunque donde Saki clava sus venenosos dardos con mayor eficacia es, a mi modo de ver, cuando utiliza a los niños para destapar los males de los adultos. El materialismo, las apariencias o la hipocresía sufren el ataque de unos personajes sinceros que en ocasiones muestran crueldad –como olvidar al trío vengador de La penitencia o al paciente niño de Sredni Vashtar- pero que aún así son  simpáticos a los ojos del lector. Relatos como El contador de cuentos, El trastero, Los juguetes de la paz o Morlvera hacen surgir una sonrisa cómplice porque las conductas llenas de falsedad son ajusticiadas. 
Pero no todas sus historias se vinculan a la  crítica social, pues también existe un narrador nato que es capaz de revisar el mito del hombre-lobo en Gabriel-Ernest, de contarnos la maldita suerte de un perdedor en Los perros del destino o sorprendernos con la emotiva historia de Los pájaros en el frente occidental. El ingenio de Saki es tremendamente eficaz, pues produce el máximo efecto con un mínimo de recursos y es por ello que entre sus textos encontramos una gran cantidad de obras maestras del género.
Los biógrafos de Saki han recordado siempre dos apuntes macabros en su vida. Su madre murió arrollada y corneada por una vaca cuando él era niño y el mismo autor pereció trágicamente en el frente de la I Guerra Mundial, al recibir un disparo en la cabeza por un francotirador, mientras  recriminaba a algún compañero dentro de la trinchera: “Put that damned cigarette out!” (“¡Apagad ese maldito cigarrillo!”). Dos finales dignos de su narrativa.

jueves, 23 de febrero de 2012

Un cajón de cuentos (XX): La Venus d'Ille de Prosper Merimée


Italo Calvino nos recuerda en su antología Cuentos fantásticos del XIX que uno de los temas recurrentes de la narrativa fantástica de ese siglo fue la pervivencia de elementos propios del mundo grecorromano en contraste con la época en la que eran narrados los hechos. El pasado mítico proveniente de leyendas o creencias choca con el mundo del racionalismo ilustrado que ha perpetuado el siglo anterior. Pero este retorno romántico a la antigüedad clásica poco tiene que ver con la recuperación de una estética neoclásica, sino que más bien se trata de un punto de partida para las narraciones fantásticas que utilizan elementos de la época en su trama, como unas ruinas antiguas o una estatua desenterrada.
Si nos atenemos a las diferencias aportadas por los teóricos del género respecto a literatura fantástica y literatura maravillosa, se hace evidente que el mundo de los dioses grecorromanos pertenecería al relato maravilloso, aunque se regiría por los mismos mecanismos que el mundo de los humanos y por tanto diferiría del relato fantástico propiamente, el cual se presenta como la digresión entre dos mundos antagónicos de leyes totalmente diferentes. Pero el romanticismo sabe apropiarse de la variante clásica adaptándola a la estética fantástica y es así como surgen narraciones tan memorables como La Venus d’Ille de  Prosper Merimée, Arria Marcella de Théophile Gautier o más adelante El último de los Valerios de Henry James, textos a los que alude Calvino en su antología como representativos de la temática sobre antigüedad clásica.
Y es que, en ese período histórico, se produce la ruptura sobre la manera de entender y presentar el fantástico, algo que recoge con brillantez Maupassant en su artículo Lo fantástico: “Cuando el hombre creía sin vacilación, los escritores fantásticos no tomaban precauciones para desarrollar sus sorprendentes historias. Entraban  a la primera en lo imposible y allí permanecían, variando hasta el infinito las combinaciones inverosímiles, las apariciones, todas las espantosas artimaña para crear el espanto. Pero cuando la duda penetró por fin en los espíritus, el arte se volvió más sutil. El escritor ha buscado los matices, ha merodeado alrededor de lo sobrenatural antes que penetrar en él. Ha encontrado efectos terribles permaneciendo en el límite de lo posible, arrojando las almas en la vacilación, en el espanto. El lector indeciso ya no sabía, perdía pie como en un agua cuyo fondo falta en todo instante, se aferraba bruscamente a lo real para volver a hundirse enseguida  y debatirse de nuevo en una confusión penosa y febril como una pesadilla”.
En el relato Arria Marcella de Gautier, un joven logra trasladarse temporalmente a la ciudad de Pompeya poco antes de la erupción del Vesubio. La fuerza del amor supera la barrera del tiempo y el autor nos consigue identificar con la religión pagana que no desprecia el placer y la belleza, frente a un represor cristianismo. El último de los Valerios es una exquisitez de Henry James que nos habla del influjo posesivo ejercido por una estatua desenterrada hacia el descendiente de una noble y antigua familia romana. Como en sus mejores historias fantásticas, James juega con habilidad a sugerir antes que mostrar y así sumirnos en la duda. Pero es sin duda la historia de Merimée la más popular de todas en su aparente sencillez.
Aunque Prosper Merimée no escribió muchos cuentos fantásticos, se le puede considerar uno de los más interesantes del panorama francés hasta la llegada de Maupassant. En su haber cuenta con otro gran relato fantástico: Lokis, una fascinante historia de corte folklórico sobre transformaciones ambientada en Lituania. La Venus d’Ille trata sobre la maldición de una estatua romana desenterrada, tema que más adelante será reestructurado a partir de una cultura aún más milenaria, en la maldición faraónica. La Venus del cuento es, a ojos de los aldeanos, un ídolo de mal fario que va anunciando sus desgracias y que en su propio nombre lleva una advertencia implícita: la boda entre el hijo de la casa y su novia se debe celebrar en viernes y la estatua hallada es una Venus según reza la inscripción del pedestal, nombre que ha dado origen a nuestro viernes. Por el contrario la familia de los Peyrehorade y el arqueólogo narrador no ven en la estatua más que una obra de extraordinaria belleza, aunque son capaces de percibir en su rostro ciertos rasgos humanos de “desprecio, ironía, crueldad”. Además, las inscripciones del pedestal tienen una doble lectura que se convierten, según quien las interprete, en una advertencia y es que, como acertadamente comentaba Louis Vax: “La lengua de la antigüedad clásica y de la liturgia romana se adorna con un prestigio del que carecen las hablas vulgares. Y siempre es la interpretación más terrible o la más siniestra la que se impone”.
La amenaza se instala con la presencia del ídolo-estatua y los hechos que acontecen no pueden ser explicados de una forma racional, pero se van sucediendo con la lógica de las leyes fantásticas. Lo irracional —parece decirnos el autor— pervierte cualquier explicación y debemos plegarnos ante lo que no entendemos. Es el triunfo del fantástico.