martes, 26 de junio de 2012

Un cajón de cuentos (XXII): La cámara sangrienta de Angela Carter




Las colecciones de cuentos populares recopiladas por autores como Perrault, Andersen, los Grimm o Afanásiev constituyen un trasfondo amplísimo de nuestro acervo cultural y por ello son revisadas, reinterpretadas e incluso analizadas con cierta periodicidad. Y, de entre las primeras recopilaciones, es la de Charles Perrault una de las más brillantes y recordadas, pues allí se recogen con gran fortuna por primera vez historias como Caperucita roja, La bella durmiente del bosque, El gato con botas, Cenicienta o Pulgarcito. Cuentos de antaño, los titula Perrault porque ciertamente su pasado lejano se remonta al inicio de la pura invención literaria, “narrados por adultos para placer y edificación de jóvenes y viejos; hablaban del destino del hombre, de las pruebas y tribulaciones que había que afrontar, de sus miedos y esperanzas, de sus relaciones con el prójimo y con lo sobrenatural, y todo ello bajo una forma que a todos les permitía escuchar el cuento con delectación y al mismo tiempo reflexionar acerca de su profundo significado”, nos explica el estudioso Bruno Bettelheim. Y es que el relato maravilloso de tradición popular se nutre de las fuentes míticas y rituales que son producto de un profundo vestigio cultural y que cumplen una función civilizadora a través de su simbolismo.
En casi todas las historias recogidas por Perrault se pueden detectar las fuentes escritas de las que parten y que el autor supo reelaborar de forma magistral para ofrecer un compendio de vicios y virtudes. La vigencia de estas historias, tras más de trescientos años, demuestra la calidad de las mismas. Sin embargo, curiosamente en la historia de Barba azul no se ha encontrado ninguna narración que sirva de pauta, aunque la tradición sobre la curiosidad femenina tiene un recorrido largo desde la manzana de Eva o la caja de Pandora; sería por tanto un cuento de raíz tradicional pero con elementos mucho más modernos.
Y sobre la base de los Cuentos de antaño recogidos por Perrault o La bella y la bestia de Madame Leprince de Beaumont, Angela Carter hizo una relectura en su imprescindible colección de relatos titulada La cámara sangrienta. Al reescribir estos cuentos, Angela Carter pretendió desmontar los mitos que soportan el concepto de la función femenina en nuestra sociedad y así cuestionar lo cotidianamente aceptado por la tradición cultural. Carter, a diferencia de lo que propone Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas, piensa que estas historias lo único que hacen es reforzar las premisas del poder masculino y la victimización femenina, o sea que reproducen los esquemas patriarcales simbólicamente. Así, en su libro de cuentos recrea en La dama de la casa del amor una bella durmiente vampira nada sumisa en un trasfondo de sociedad decadente frente a la modernidad. En El señor León enamorado y La prometida del tigre reescribe con singular belleza la historia de la bella y la bestia, pero remarcando una crítica hacia la figura del padre. Licantropía y En compañía de lobos  –de la cual Neil Jordan realizó una sugerente versión con guión de la misma Carter– se convierte en la revisión subversiva de Caperucita, personaje que asume aquí un rol de mujer fuerte y segura. La brillantez de Micifuz con botas reside en el papel que asume el gato para acercar a dos enamorados nada recatados, convirtiendo la historia en un trasunto de la de Calisto y Melibea.
Pero, sin duda, la mejor pieza es para mí La cámara sangrienta ya que reelabora el texto de Barba azul desde una óptica feminista. En ella plantea la autora, con exquisito detallismo, la antigua historia sobre el deseo de conocimiento de la mujer que es ofrecido y prohibido a la vez, para así poder castigar la tentación justificadamente. En el cuento de Carter existe además una diferencia notable en su resolución, conteniendo asimismo una crítica explícita poco habitual en este tipo de cuentos tradicionales. El personaje femenino tiene un coraje poco común para aceptar las consecuencias de su curiosidad y además recibe la inesperada ayuda de una madre descrita como una aventurera capaz de encarar  a un grupo de piratas chinos e incluso matar a un tigre en sus días de juventud.
La cámara sangrienta está repleta de detalles exquisitos que puntúan la sinfonía cruel hacia la que se encamina la historia. La barba azul y larga –que ya anticipa el relato de Perrault- es un símbolo de masculinidad e incluso bestialidad animal que remarca la autora. Los libros que la protagonista mira con desdén en la biblioteca, así como las pinturas que recubren las paredes del castillo son una advertencia de lo que allí se oculta. El regalo de bodas lo constituye “una ancha gargantilla de rubíes tan ceñida que me mordía la piel y, como una infinitamente preciosa rajadura, parecía seccionarme la garganta” y un anillo de ópalo que había pertenecido a Catalina de Médici –más que posible inductora de la matanza de la noche de San Bartolomé-. Y por último ese manojo de llaves que incluye aquella que abre la estancia secreta, la cámara de los horrores, que el marido ofrece y prohíbe para justificación de su crueldad. El estigma de la llave ensangrentada grabado en la frente parece señalar a la culpable que dignamente se encamina al cadalso. Pero Angela Carter toma su justa venganza.
La escritura de Angela Carter es muy elaborada y recargada en ocasiones, casi barroca. Se toma sus momentos para la descripción, jugando bellamente con el lenguaje. Las palabras sugieren permanentemente y la autora demuestra un vocabulario rico y es que, si se puede hablar de exquisitez literaria en fondo y forma, este es uno de esos libros.

jueves, 31 de mayo de 2012

Viajes en el tiempo


Supongo que no andaré errado si afirmo que el viaje en el tiempo es uno de los sueños más ansiados de la humanidad; me atrevo a pensar que incluso supera en fascinación al viaje espacial con el que parece compartir muchos detalles. Por eso resulta curioso que los viajes temporales no fueran planteados literariamente hasta finales del siglo XIX, pero desde entonces tanto la ficción como la física no han dejado de cuestionarse sobre el mismo, alumbrando centenares de teorías y narraciones al respecto.
Aunque antes de hablar de literatura, este tema necesita una mínima presentación científica que muestre cuales son las hipótesis reales que han manejado los narradores mayoritariamente provenientes del campo de la ciencia-ficción para elaborar sus fantásticas históricas. Y como no poseo muchas nociones en el campo de la física, me veo obligado a recurrir a algunos estupendos artículos y libros que han sabido digerir y exponer de manera admirable toda la información necesaria.
Lo primero que se debe tener en cuenta al hablar de este tema es diferenciar entre las dos formas posibles de viaje, pues existe un viaje al futuro mediante dilatación donde la supuesta máquina es capaz de acelerar la evolución física del resto del Universo o retardar la evolución física del viajero del tiempo y un viaje que supone un salto instantáneo al futuro, el cual conlleva mayores problemas porque exige que el futuro ya esté creado. Esta descabellada idea que había planteado Wells con su máquina, pareció cobrar mayor sentido con la revolucionaria teoría de la relatividad de Einstein, aunque la naturaleza siempre se ha encargado  de eliminar sistemáticamente cualquier posibilidad derivada de la misma. Y no obstante, los físicos perseveran.
A grandes rasgos existen tres interpretaciones del tiempo:
- Presentismo: El tiempo presente es lo único que tiene existencia. El universo es tridimensional pero el tiempo, aunque no constituye una dimensión, es distinto para cada uno. Según esta visión, el viaje al futuro mediante dilatación es posible.
- Posibilismo: Presente y pasado tienen realidad física, pero el futuro solo es posibilidad. El espacio-tiempo constituye una cuarta dimensión que se va construyendo. Aquí es posible el viaje al futuro mediante dilatación y el salto instantáneo al pasado, el cual  conlleva una serie de paradojas.
- Eternalismo: El pasado, el presente y el futuro existen físicamente porque según la teoría de la relatividad, el tiempo es una dimensión más. Aquí es posible saltar al futuro y al pasado, pero también exige aceptar el determinismo.
La física parece demostrar que determinados fenómenos pueden producir una curva temporal cerrada, llamada comúnmente Agujero de gusano, que sería la “máquina” transportadora. Y todo esto nos lleva al entretenido mundo de las paradojas, puesto que la física nos advierte que existe un principio de causalidad donde se nos dice que las causas deben preceder a los efectos, y el viaje temporal puede producir paradojas que contradigan esta causalidad, como la famosa historia del viajero que retrocede al pasado y mata a su abuelo, impidiendo por tanto su propio nacimiento. Aunque para solucionar  estas paradojas se han propuesto dos posibles salidas:
— Autoconsistencia. El viajero puede volver al pasado, pero no modificarlo porque la historia ya está escrita. Una interpretación eternalista donde los factores éticos del libre albedrío se ven trastocados.
— Universos paralelos. El tiempo no es lineal, sino que se va ramificando hacia todas las posibilidades, pero estos universos están totalmente desconectados. Esta es la solución más utilizada en la literatura de viajes temporales.
En base a estas posibilidades científicas se han escrito centenares de historias que intentan explicarnos con mucha imaginación todo aquello que la naturaleza nos niega. 

Sin ánimo de exhaustividad, he leído unos cuantos de esos relatos que plantean esos viajes desde distintas ópticas. Quizás sea necesario empezar por el viaje más reconocible, La máquina del tiempo de H.G. Wells que, aunque no sea oficialmente el primer viaje temporal, sí ha sido el de mayor influencia. Es un viaje que utiliza el proceso de dilatación para alcanzar un lejanísimo futuro y que debe su gran éxito a la enorme capacidad narrativa e inventiva de su autor.
Pero son las historias cortas las que constituyen la mejor aproximación para conocer las maneras con las que cada escritor afronta el reto del viaje temporal. Normalmente no se preocupan por cómo se llega a un tiempo lejano, sino que se detienen a elucubrar sobre las posibles paradojas derivadas del viaje y los efectos producidos tanto en el lugar de llegada como en el de vuelta. Una de las historias mejor resueltas es Todos vosotros zombies de Robert Heinlein, donde logra un bucle temporal perfecto con un resultado a priori imposible. Alfred Bester en Los hombres que asesinaron a Mahoma utiliza un humor satírico para explicar la historia de un marido despechado que decide viajar al pasado para vengarse, pero los universos paralelos parecen jugar en su contra a pesar de intentarlo a lo grande. Otro autor que trabajó mucho las historias basadas en el tiempo es Phillip K. Dick, que en Algo para nosotros temponautas describe el drama de unos viajeros atrapados en un bucle temporal que se repite eternamente o en El informe de la minoría que trata sobre las posibles consecuencias éticas que se derivan al enfrentarnos con una policía capaz de adelantarse unos minutos a los crímenes y así evitarlos. El siempre eficaz Ray Bradbury es capaz de ofrecernos un viaje al futuro en El convector Toynbee, donde el viajero muestra el camino que debe seguir el mundo para escapar de la decadencia en que está sumido, pero a veces creer en las posibilidades puede ser suficiente como demuestra este sorprendente relato. El mismo Bradbury es el autor de una de las historias más recordadas —homenajeada incluso en un episodio de Los Simpsons—, se trata de El sonido del trueno donde un viaje a la prehistoria y el conocido efecto mariposa serán los protagonistas de un futuro posible. Hombre de su tiempo de Brian W. Aldiss presenta una curiosa historia donde el viajero que retorna a casa se ve sumido en un limbo temporal al ir tres minutos adelantado al resto de los humanos, lo que dificulta sobremanera la comunicación. A veces las historias temporales constituyen un puro juego como en El tiempo no tiene límites de Jack Finney, en el que un insistente policía no quiere dejar a ningún ladrón escaparse por esos agujeros, pero eso puede tener consecuencias fatídicas. Aunque uno de las mejores historias, por sus connotaciones tan actuales, es El mayor espectáculo televisivo del planeta de J.G. Ballard que convierte el viaje temporal en un entretenimiento popular. La televisión aprovecha la ocasión para filmar esos acontecimientos históricos que todos hemos querido contemplar, pero a veces la realidad es mucho más prosaica y no tan espectacular, por lo que será cuestión de ir variando los acontecimientos en función de la audiencia. También en nuestro país se han escrito algunas historias interesantes, pero para mí es La noia que venia del futur de Manuel de Pedrolo la que mejor atrapa el dramatismo posible derivado de una paradoja. Y aunque fuera del campo de la ciencia-ficción, pero alternando entre el tema del doble, el sueño y el viaje temporal, es imposible no citar al Borges de El otro y Veinticinco de agosto 1983. Un broche de calidad para emprender el viaje.

Para esta entrada he utilizado los artículos citados de la página web de El tamiz, varios capítulos de los libros de Martin Gardner Viajes en el tiempo y ¡Ajá! Paradojas que hacen pensar. Los relatos pertenecen al libro Cronopaisajes de ediciones B y a varias historias sueltas de Phillip K. Dick, Ray Bradbury, Fredric Brown, Manuel de Pedrolo , Jorge Luis Borges y H.G. Wells.

jueves, 10 de mayo de 2012

Un cajón de cuentos (XXI): El hombre que pudo reinar de Rudyard Kipling


Los territorios montañosos que quedaban al noroeste del Imperio Británico de la India, una vez traspasado el legendario paso de Khaiber, eran conocidos como Kafiristán o “tierra de los infieles” porque, a finales del siglo XIX, el emir afgano Abderrahman había proclamado que todas las tribus de ese enorme país debían ser musulmanas, pero los kafires se habían negado a deshacerse de sus viejas costumbres. Por aquellas míticas e ignotas tierras, el gran Alejandro Magno pasó con su ejército grecomacedonio extendiendo su vasto imperio y es por ello que, según la leyenda, los habitantes de aquel lugar se consideran descendientes de las guarniciones que allí quedaron. De ahí los rasgos de piel clara y cabellos rubios que conservan todavía en el pueblo de los kalash y ese culto solar que se remonta a las épocas de Iskander Kebir, o dicho de otro modo de Alejandro Magno.
Hace ya unos cuantos años tuve la ocasión de leer en una vieja edición que contenía varios relatos de Rudyard Kipling uno titulado El rey de Kafiristán, que más adelante he tenido la oportunidad de releer con el nombre del El hombre que pudo reinar. Esta larga narración es una de las historias más memorables de su autor y por tanto de la literatura, en el que Kipling se hizo eco de esa pasión desaforada por explorar y descubrir lugares inhóspitos donde el hombre occidental casi nunca se había aventurado. De hecho, parece ser que los personajes de su historia están basados en un caso real, el norteamericano Josiah Harlan, masón como Kipling y como los protagonistas, que a mediados del siglo XIX se internó en ese olvidado lugar, llegando a alcanzar el título de príncipe de Ghor y encabezando un ejército de 2600 soldados, 2000 caballos y 400 camellos con los cuales consiguió cruzar las indómitas cumbres del Hindu Kush.
Y es que el misterio de esas tierras que subyugó a tantos europeos, supo recogerlo Kipling en tan impecable relato. Algún enigmático secreto que iba más allá de la simple búsqueda de tesoros, parecía rodear la infranqueable barrera de cadenas montañosas y el mismo autor en su historia mostraba que ni siquiera el pozo de saber que significaba en aquella época la Enciclopedia Británica, era capaz de arrojar alguna luz sobre el territorio. Pero este es un buen comienzo para una gran aventura, la de dos pícaros de nombre Danny Dravot y Peachey Carnehan que deciden adentrarse en un país secreto con la sola intuición de que su sueño de riquezas y poder se hará realidad al alejarse de su identidad occidental que los desprecia por anárquicos, rufianes y trotamundos. La posibilidad de convertirse en reyes y dioses parecía todavía real en aquella época.
El relato de Kipling es una auténtica aventura que avanza con la maestría que solo él sabía aplicar, en la que el mismo autor ejerce de protagonista indirecto de una narración que presenta en su primera mitad a los protagonistas de la historia desde la perspectiva de Kipling, para pasar a ser en su segunda mitad un relato de las aventuras pasadas por los dos pícaros en la voz de Peachey Carnehan. Este cambio de voz narrativa es uno de los grandes aciertos del autor porque da el enfoque desde fuera y desde dentro y además dota a cada narrador de un tipo de voz diferente. La historia que nos cuenta el Kipling protagonista está narrada por un periodista (como lo era el propio autor en una época de su vida) y nos sirve para describir a los otros dos personajes y situar los ejes de la historia, mientras que la narración de Carnehan, intercalada por las apreciaciones y preguntas del mismo Kipling protagonista, nos relata lo acontecido desde la perspectiva de una persona trastornada por los acontecimientos, utilizando para ello constantes cambios verbales que simbolizan la incoherencia de una persona que ha sufrido, pero que mantiene su fidelidad hacia el amigo perdido; porque en el fondo es una historia de amistad profunda que solo se altera cuando uno de los dos protagonistas, embriagado por el afán de poder, cree haber encontrado su destino más allá de la simple adquisición de riquezas. Pero también es una novela picaresca moderna donde dos entrañables fanfarrones alcanzan aquello que ni siquiera el poderoso ejército de Alejandro pudo mantener. Kipling logra que nos situemos a su lado y escuchemos las increíbles aventuras de estos dos pillos desde la evocación de una inquebrantable amistad.
Y esta soberbia historia pasó al cinematógrafo de la mano de John Huston.  Probablemente la última gran película de aventuras clásica que toma el relato al pie de la letra y alarga aquello que Kipling había sugerido tan bellamente. Aún así la película contiene la suficiente dosis aventurera como para sentir que el relato está enteramente contenido ahí. Quizás la baza más importante es la impresionante actuación de Michael Caine y Sean Connery, que saben desmarcarse del registro naturalista y actuar desde la mítica de aquellos clásicos perdidos para siempre, confiriendo a sus personajes la justa dosis de autenticidad que corresponde a dos pícaros de la literatura. Mientras el relato sigue una línea cronológica, en la película se nos muestra como un gran flash-back en el que un derrotado Carnehan cuenta toda la historia. La historia narrada por Huston confiere casi toda su importancia al relato de la aventuras en Kafiristán, mientras Kipling había sabido contrapesar ambas historias.

martes, 24 de abril de 2012

El mundo de ayer




Son tiempos convulsos donde el valor de una Unión Europea empieza a resquebrajarse. Europa ha sido un sueño para muchos, pero la consecución de ese ideal nunca se ha llevado a cabo de forma satisfactoria porque se ha implantado desde bases estrictamente económicas. Pretender encauzar un destino común teniendo en cuenta tan solo la fuerza económica, supone un sostén demasiado débil que enseguida tiende a mostrar desequilibrios entre los pueblos integrantes. Sin embargo, cuando un europeísta convencido como Stefan Zweig persigue el ideal de una Europa unida y fraternal, lo hace desde presupuestos humanistas que pregona a través de sus venerados maestros: Erasmo, Montaigne, Tolstoi, Rolland y tantos otros biografiados. Ya en 1919, después de la devastadora guerra que asoló el continente, Zweig escribía en un artículo que “nuestra Europa no podrá seguir manteniéndose económicamente como la unión fraterna, puesto que empleamos y pagamos sin provecho alguno a veinte millones de hombres como funcionarios y soldados para alimentar nuestra mutua desconfianza”. Zweig, con un profundo sentido humanista, nos advierte que los grandes hombres constructores de ideales como los científicos, músicos, poetas son el modelo a seguir porque “lo que ellos dan no se lo han quitado a nadie”, mientras que “el dominio terreno, militar y político (y económico añadiría yo para estas épocas) de un individuo surge sin excepción de la violencia, de la brutalidad…”.
Pero si traigo aquí a Stefan Zweig es por ser el autor de uno de los textos más brillantes, esclarecedores y emocionantes que se hayan escrito sobre el final de una época y el devastador, caótico y acelerado inicio de la que nos ha tocado vivir. En El mundo de ayer, subtitulado Memorias de un europeo, el autor repasa someramente toda una vida enlazándola magistralmente con el devenir de un continente a la deriva. Lo más sorprendente, teniendo en cuenta la cantidad de obras y nombres que aparecen en la obra, es que Zweig no dispone de más material que su memoria para rememorar una historia de medio siglo, pero incluso esa dificultad redunda en beneficio del libro porque como bien aclara “no considero a nuestra memoria como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio”. Oliver Matuschek ha escrito recientemente una exhaustiva biografía sobre Zweig, repasando toda su vida a través de cartas, diarios, opiniones cercanas y biografías de las personas que lo conocieron, bajo el título de Las tres vidas de Stefan Zweig, ya que originalmente el autor vienés pretendía presentar sus memorias como “Mis tres vidas”, aunque se dio cuenta de que lo narrado en el libro era un auténtico fresco de toda una época en vez de unas memorias al uso. Matuschek recuperó la idea para mostrar que la vida de Zweig tenía tres períodos bien diferenciados. En el primero, formativo para el escritor, se muestra la vida de una Viena que veía venir el ocaso del imperio austrohúngaro y el inicio de una época cultural fascinante; el segundo trata de su ascenso a la gloria literaria desde el retiro de su casa de Kapuzinerberg en Salzburgo y alcanza hasta la llegada del nazismo; y el tercero relata su huída permanente hasta el suicidio en Brasil.
Y es que uno de los momentos más fascinantes de un libro tan rico es el de la evocación del mundo cultural vienés que Zweig vivió con intensidad y plena consciencia. El tiempo ha servido para ofrecernos la verdadera mesura de lo que se gestó en la Viena fin de imperio, pues como decía Jose Mª Valverde: “Aquellos vieneses no sabían que eran tan importantes –y el mundo no se dio cuenta tampoco hasta mucho después-; ellos manejaban temas y problemas formales que hoy nos parecen esenciales y revolucionarios, en espectáculos, conciertos, pinturas y edificios entonces un poco a trasmano de la atención universal, en artículos y libros que tardaron en leerse, en cursos limitados a lo universitario o, incluso, en discusiones periodísticas o conversaciones en los cafés”. El mundo de ayer está plagado de momentos culturales y evocaciones personales de sus encuentros con los grandes artistas del momento, reminiscencias casi mitómanas de su acercamiento a personajes como Gustav Mahler, Joseph Roth, Hugo von Hofmannsthal, Herman Hesse, Auguste Rodin, Arthur Schnitzler, Sigmund Freud, Richard Strauss o Rainer María Rilke —bellísimo texto admirativo el que dedica al solitario poeta-. Y de todos ellos Zweig extrae la enseñanza de que es necesario ver y aprender sin precipitarse. Su admiración es sincera y su entrega por personajes como Verhaeren o Rolland es casi obsesiva, hasta el punto de incluirlos en sendas biografías. Lo cierto es que sus trabajos biográficos, que tanto éxito le brindaron, pretendían ser un compendio de figuras preeminentes que asentara las bases de su proyecto humanista cultural.
Otra de las temáticas que aparecen constantemente en el libro es su obsesión como mitómano cultural que tanto repercutiría en su obra. Su afán compulsivo por coleccionar manuscritos y autógrafos de escritores, músicos y personajes importantes en general –incluso poseía uno del mismo Hitler- respondía por un lado al homenaje que rendía un hombre entregado a cualquier tipo de representación artística pero, sobre todo, a su interés por desentrañar el misterio de la creación artística y la indagación introspectiva de los personajes que solía estudiar. Aunque poseía multitud de documentos de coleccionista, su pieza de museo favorita y además la más insólita, constituyó el haber conocido a una octogenaria vecina muy particular. Sobre ella Zweig nos cuenta: “Pero nada me ha emocionado tanto como el rostro de aquella anciana, la última persona viva a la que habían contemplado los ojos de Goethe. Y quizá yo, a mi vez, sea el último que hoy puede decir: he conocido a una persona sobre cuya cabeza descansó un momento la mano cariñosa de Goethe”.
La segunda etapa en la vida de Zweig coincide con su ascenso a la popularidad  hasta el punto de convertirse en un auténtico best-seller envidiado por casi todos sus colegas, ya que la mayor parte de sus grandes obras se suceden en este período que comienza tras el final de la primera guerra mundial. Pero también es la época de su profunda implicación pacifista y humanista, originada a partir de su abierta significación en contra de la guerra y que le lleva a escribir textos y dar conferencias en pos de una unión espiritual europea. Zweig fue además un gran viajero cosmopolita en búsqueda permanente de la belleza pero también de la fraternidad mundial; un escritor que supo ver en los ojos de la tragedia y comprender los males que cercaban al ser humano.
Pero la vida de Zweig todavía habría de dar un vuelco que ya había empezado a intuir años atrás. El ascenso al poder de Hitler y la anexión austríaca obligaron al autor a comenzar su largo período de exilio y a convertirse en un hombre sin patria: “el día en que perdí el pasaporte descubrí, a los cincuenta y ocho años, que con la patria uno pierde algo más que un pedazo de tierra limitado por unas fronteras”. La visión que nos ofrece Zweig de su interminable periplo sin final nos recuerda tristemente algo que todavía sigue muy presente. Aún tuvo la esperanza de que había un mundo posible al llegar a Brasil, pero las angustiantes noticias que iban llegando de una Europa en llamas acabaron por deprimirlo y provocaron su huída de este mundo. En febrero de 1942, en su casa de Petrópolis, tuvo tiempo de arreglar  los papeles y dejar todo en orden, escribió una declaración a los periódicos agradeciendo su estancia en aquel país, escribió además una serie de cartas de despedida y junto a Lotte, su segunda mujer, se envenenó. En la carta que escribió de despedida a su ex-mujer Friderike acaba diciendo: “Estoy seguro de que alguna vez vivirás mejores tiempos y comprenderás por qué mi pesimismo me ha impedido aguantar más. Te escribo estas líneas en mis últimas horas. No puedes imaginarte cuán aliviado me siento desde que tomé esta decisión. Dales a tus hijas recuerdos cariñosos de mi parte, y no sufras: recuerda siempre cómo he admirado a Joseph Roth o a Rieger, que supieron evitar el sufrimiento. Ten coraje, ahora sabes que estoy tranquilo y feliz. Con amor y amistad,
Stefan.”

Además de El mundo de ayer en la edición de Acantilado, he utilizado de la misma editorial El legado de Europa  de Stefan Zweig. También me he servido de Las tres vidas de Stefan Zweig de Oliver Matuschek en Papel de liar y Afinidades vienesas de Josep Casals en Anagrama.

domingo, 8 de abril de 2012

Un cine emocional

 
Cuando un libro o una película me han rasgado en lo más profundo, me invade una sensación de embriaguez que estimula y aviva el deseo de recrearme y compartirlo de inmediato, dejándome llevar por los sentimientos que han aflorado, sucumbiendo a su misterio. Escribir justo después de haberme empapado de una película como La mejor juventud de Marco Tullio Giordana provoca una reacción poco reflexiva y altamente visceral, aunque quizás era eso lo que perseguía.
Ya había tenido oportunidad de visionar esta miniserie de 6 horas de duración hace más de tres años y confieso que me dejó tan tocado emocionalmente que estuve durante una semana un tanto aturdido. Desde el momento en que abrí este blog, supe que había algunas cosas de las que hablaría más tarde o más temprano y esta película debía de ser obligadamente una de ellas. Un día festivo y toda una tarde por delante me han permitido revisionarla de un tirón.
A veces, la sencillez de una propuesta puede dar pie a confundirse con un cine fácil del que siempre he rehuido. Y es que las narraciones de sagas familiares que recorren el curso de los acontecimientos históricos ha sido un recurso muy manido, pero útil para la ficción televisiva. También el cine ha dado ejemplos memorables y grandes fiascos, pero probablemente en la televisión el riesgo es menor porque no suele pretender recrearse más allá de la narración. En todo caso, la historia que nos cuenta La mejor juventud recorre la historia italiana desde 1966 hasta el 2003, a través de las vidas de la familia Carati, haciendo hincapié en cada momento en los sucesos que jalonaron ese período pero sin olvidarse que son los personajes los que van marcando el terreno. Es la historia amplia de Italia y sus paisajes, entremezclados con la pequeña historia de una familia.

Aunque su arranque pueda parecer algo convencional, ya que empezamos a entrever una de esas películas donde los personajes van a ir creciendo al ritmo del tiempo sin más, la intensidad empieza a subir al poco de entrar en escena un personaje memorable que se convertirá en el eje vertebrador entre los dos hermanos protagonistas y a la vez en causa de su destino. Aquí me detengo para descubrirme ante el cine de las miradas, porque en esta película los ojos hablan y ¡vaya si hablan! Sentir la mirada de Giorgia, la joven desequilibrada que reside en un psiquiátrico, como después la de Matteo, uno de los hermanos protagonistas que comparte con Giorgia la fragilidad de un mundo interior autodestructivo, o la sabia e intuitiva mirada de los abuelos que parecen ver más allá de lo que se muestra, es una auténtica lección de cómo mirar a la cámara y además sucede que esas miradas generan nuevas historias. Nunca los ojos expresaron tanto.
Otro de sus puntos fuertes es el magnífico guión que sustenta la historia. Los personajes hablan con naturalidad, en los diálogos se dicen muchas cosas que permiten evolucionar a los personajes sin brusquedad; su lenguaje no es impostado y sin embargo se observa que la vida se explica a través de sus palabras. Vuelve a surgir aquello de que lo sencillo no es lo fácil. Además, dibujar unos personajes con tanta claridad es una tarea a la altura de los grandes novelistas  y en esta película lo que nos cuentan los hace más creíbles, sus giros y cambios fluyen con invisible naturalidad, fruto del proceso espontáneo de su evolución. Porque no hay buenos ni malos, perdedores o ganadores, pero hay muchos claroscuros en todos ellos; son verosímiles. Las decisiones y elecciones de cada momento tienen fuertes repercusiones y mueven  constantemente los hilos narrativos.
Cuando hablo de un cine emocional, me refiero a esa película donde lo que está pasando remueve las vísceras. Es posible que nunca haya llorado tanto como en esta película y, sin embargo, qué dulces han sido las lágrimas. Una historia que recurre al drama y a la pasión, pero nunca de forma empalagosa y donde los momentos de luz parecen reforzar la intensidad vital de una película que no se olvida de recordarnos que “todo lo que existe es hermoso”.  Las utopías y los sueños del pasado parecen diluirse al enfrentarse con una realidad no imaginada y es que la vida sigue su curso natural y por ello es a veces dura e injusta, pero la gran fuerza del amor parece resistir y enmendarlo todo.
Se tratan muchos temas en esta película: la psiquiatría, la revolución, el terrorismo o la mafia, pero esos son ejes vertebradores sobre los que se vehicula un cine que habla esencialmente de la familia y la amistad. Podría pensarse que es poco original, pero lo importante es la manera de presentarlo y en esta película llegas a entender tantas cosas y a aprender tantas lecciones de vida que acabas dejándote seducir por su misteriosa belleza. La sencillez del discurso, insisto.
No me puedo olvidar de mencionar su banda sonora… Al lado de las típicas canciones de cada época, aparecen intensos motivos musicales como Oblivion y Remembrance de Astor Piazzola o el aria de Aquilarco de Giovanni Solima  y otras piezas del repertorio clásico. Pero ante todo hay un motivo que aparece constantemente para la relación de los dos hermanos, es el famoso tema de Jules et Jim de George Delerue —un guiño evidente a la película de Truffaut y su triángulo amoroso— que aquí brilla con renovada intensidad gracias a su lirismo. Naturalmente esta película exige ser visionada en versión original, sin duda alguna.
Una recomendación de buen cine narrativo, quizás traído de una forma muy apasionada y nada analítica, pero en ocasiones es mejor no buscar demasiadas lecturas y entregarse sin más.



martes, 27 de marzo de 2012

Lo sobrenatural en Arthur Machen



Entre los renovadores del terror contemporáneo, quizás sea Arthur Machen uno de los más influyentes en su evolución y sin ninguna duda el poseedor de una de las prosas más exquisitas en ese terreno. Gracias a él, el cuento de miedo sufrió una mutación que lo alejó definitivamente de los misterios sobrenaturales decimonónicos. Como apuntaba el estudioso Rafael Llopis en su introducción a Los mitos de Cthulhu “Machen sintió que era necesario revisar a fondo el cuento de miedo. Y empezó a eliminar de él una serie de elementos caducos: el castillo medieval, el muerto en todas sus infinitas variedades y subespecies, la noche…En una palabra, sepultó la tramoya romántica y se puso a escribir cuentos de miedo a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes”.
Así, este galés nacido en 1863 fue capaz de renovar el cuento de miedo en los pocos años donde apareció lo más emblemático de su obra, los fundamentales relatos de El gran dios Pan, La luz interior, El pueblo blanco, La novela del polvo blanco y La novela del sello negro –estos dos últimos pertenecientes a su aventurera novela ideada como un puzle de Los tres impostores, una breve y secreta obra maestra según Borges-. Aunque escribió unas cuantas historias cortas más y otras novelas como El terror, Un fragmento de vida o La colina de los sueños, su presencia en la historia de la literatura sobrenatural se debe esencialmente a estas primeras narraciones. De hecho, al ser redescubierto en Norteamérica después de un período de poca creatividad literaria, los críticos le reconocieron su genial aportación y su conexión con un mal metafísico que ya se había desvelado en Poe. Entre sus más reconocibles admiradores se encontraba H. P. Lovecraft, quien incluyó hasta tres de sus relatos entre sus diez preferidos sobre temática fantástica. Además le rindió palabras entusiastas en su fundamental ensayo El horror sobrenatural en la literatura: “Entre los creadores actuales que han alcanzado el mayor nivel artístico en su tratamiento del miedo cósmico, pocos, si es que hay alguno, pueden igualar al versátil Arthur Machen, autor de una docena de relatos, unos largos y otros cortos, en los que el horror latente y el miedo insidioso alcanzan una consistencia y una perspicacia realista casi incomparables”. Es por eso que no es difícil encontrar ecos de Machen en la obra de Lovecraft  y su particular cosmogonía, ya que el galés fue el primero en buscar el horror y el misterio “en un pasado bárbaro y terrible que aún acecha en las profundidades” en palabras de Llopis.
Y es que la raíz celta de sus antepasados le sirve a Machen para indagar en un tipo de horror que se adentra en los misterios del culto pagano, en una región de misticismo y oscuridad muy próxima al folklore. El mismo autor escribe en una carta: “Ahora estaré siempre convencido de que no hay nada imposible en el mundo. Supongo que no hace falta añadir que ninguna de mis experiencias tiene relación con imposturas tales como el espiritismo o la teosofía. Pero creo que vivimos en un mundo de gran misterio, de cosas insospechadas y absolutamente asombrosas”. Las historias de Machen resucitan un saber olvidado por la mayoría de los hombres que parece necesario para la exacta comprensión del mundo, aquel que evocan los mitos y libros sagrados y que aparece en la cultura a través de ceremonias y rituales. El misterio insondable que nos envuelve es una realidad oculta según Machen, quien a través de sus relatos nos intenta desvelar esa naturaleza feérica. Y aquí surge el hecho aterrador y desconocido que evita la representación directa, pero que se percibe en la cotidianeidad y se muestra solamente en algunos personajes. Para el resto existe la sola intuición de un misterio.

Obra de Edward Miller
Además de la conexión con la naturaleza de su querido Gales, Machen se sintió inclinado hacia los secretos arcanos de la tradición pagana. Perteneció a la Golden Dawn, una sociedad secreta y de iniciación inspirada en la Rosacruz, donde se practicaba la magia ceremonial para la obtención de poderes y conocimientos secretos. A esta misma sociedad también estuvieron ligados con mayor o menor intensidad, otros escritores como Bram Stoker, Sax Rohmer, Algernon Blackwood o W.B. Yeats. Asimismo, durante su período como articulista para el periódico literario The Academy, escribió varios textos sobre los orígenes legendarios del Santo Grial y otras temáticas religiosas. Más adelante, en The Evening News, ejerció de corresponsal de arte y religión y es aquí donde se produjo un hecho que recuperó al imaginativo escritor para la ficción después de deambular por oficios varios. En septiembre de 1914, en plena guerra mundial, el periódico publicaba un relato de Machen titulado Los arqueros (“The Bowmen”) con la idea de alentar a las tropas británicas; la historia imagina un episodio  de la batalla de Mons entre británicos y alemanes, en donde se aparece San Jorge al frente de un batallón de ángeles que son los antiguos arqueros de la gloriosa batalla de Azincourt, para socorrer al ejército británico y diezmar al enemigo. Esta historia, surgida de la imaginación de Machen, empezó a convertirse en leyenda porque Inglaterra parecía necesitar de este tipo de milagros para subir la moral de la población. Decenas de soldados empezaron a escribir diciendo que ellos habían sido testigos de los hechos y nadie hizo caso de sus explicaciones. Así es como, paradójicamente, Machen incorporó sin pretenderlo una de sus historias al mecanismo del imaginario colectivo. Gracias a este hecho y a la posterior reivindicación de su figura en Norteamérica, Machen pudo seguir escribiendo unos años más hasta que su gloria se marchitó. En 1943 Bernard Shaw, Max Beerbohm T. E. Elliot crearon un comité para reunir fondos y así evitar que Machen terminara en un asilo de indigentes.

La cima de su aportación literaria al horror la encontramos en sus relatos, como en el sugestivo y elaboradísimo El gran dios Pan, donde una sucesión de acontecimientos en diversos lugares y años van convergiendo hacia una funesta historia. La maligna figura del ancestral dios Pan resurge de los resortes más oscuros de la mente, de un mundo no visible, para alterar nuestra realidad.  El pueblo blanco es una hermética historia que necesita de un lector despojado de prejuicios y que ya desde su prólogo nos plantea la dicotomía entre maldad y bondad, intuyendo que existen seres capaces de actuar perversamente sin sospecharlo. Es una obra muy extraña y misteriosa que nos relata la inquietante historia de una niña que ha dejado escritos sus encuentros con seres del bosque que parecen habitar en otro plano. En su novela Los tres impostores, que Borges emparentaba con las Nuevas noches árabes de Stevenson, aparecen una serie de relatos que se van relacionando en una trama difusa y que parecen  embaucar al lector como parte de su juego narrativo. En ese Londres misterioso y a veces desconocido se van trenzando las historias amenazantes y misteriosas, entre las que sobresalen con entidad propia La novela del polvo blanco como un remedo de Jekyll y Hyde, pero con la envoltura de los antiguos aquelarres y el Vinum Sabbati y La novela del sello negro, una brillante aproximación al indescifrable secreto de las civilizaciones milenarias.
Creo que seguiré viajando por los misteriosos caminos abiertos por Arthur Machen.