jueves, 28 de marzo de 2013

La comedia disparatada de Arnold Bennett




El mismo Borges explicaba que cuando su abuela era ya muy mayor y sentía el comentario de que ya no existían escritores como Dickens y Thackeray, ella contestaba: “Sin embargo yo prefiero a Arnold Bennett, Gals Worthy y Wells”, de lo que se podría deducir que la inclusión de esta obra por parte de Borges entre sus libros preferidos se debiera en parte a motivos emocionales, pues se sabe que la abuela paterna del porteño, Frances Anne Haslam, vivía cercana al lugar donde Bennett situaba la mayoría de sus obras y la influencia que ejerció con sus lecturas sobre Borges fue decisiva en su formación tan anglófila. Siendo una de sus obras menores, Enterrado en vida (Buried Alive, 1908) de Enoch Arnold Bennett fue elegida por Jorge Luis Borges para formar parte de su mítica colección “Biblioteca personal”. Esto, para muchos de nosotros, constituye una llamada de atención sobre un texto que no debería pasar desapercibido; pero además, nos advertía en el prólogo de las muchas felicidades y sorpresas que nos esperaban con su lectura.
He de confesar mi total ignorancia sobre este autor hasta hace poco, entre otras cosas porque ha sido ninguneado y maltratado por la elite cultural tras su muerte y porque en el panorama editorial español sus libros son bastante escasos. Pero mi experiencia lectora me ha demostrado que algunos de los mejores descubrimientos literarios han llegado por vías no oficiales y ajenas al mercado imperante. Enterrado en vida es un buen ejemplo de la divertida comedia de enredos de aire costumbrista sin  pretensiones que algunos autores practicaban y que sacaba de sus casillas a otros. Ciertamente, mientras leía la obra de Bennett, me venían a la mente escenas de las “screwball comedy” americanas de los años 30-40, pues esta obra comparte muchas características de aquellas locas comedias del Hollywood clásico. De hecho, no entiendo como un argumento tan redondo no tuvo mayor fortuna cinematográfica, pues se rodaron dos versiones bastante anodinas: His double life,1933 y Holy matrimony,1943. Esta historia en manos de Howard Hawks, Gregory La Cava o Mitchell Leisen hubiera podido ser una obra maestra de la comedia.
Enterrado en vida pone en marcha su prodigiosa maquinaria argumental sin forzar el tono humorístico; incluso parece que el autor tan solo nos está ofreciendo una pintura costumbrista de la época. Pero las pinceladas de humor van apareciendo como auténticos dardos de pura acidez desde el mismo inicio:
“Era comprensiva porque quería comprender; y cuando no podía comprender, se engañaba a sí misma diciéndose que comprendía: lo que viene a ser lo mismo”
“Ningún hombre tiene en Inglaterra un honor más grande. Priam Farll fue el primer pintor inglés que gozó de esta recompensa social suprema. Y ahora estaba metido dentro de la bata de color pulga”
En esta aventura de lo cotidiano, el antihéroe es un famoso pintor de nombre Priam Farll que tan solo pretende dedicarse a su obra y que debido a su timidez desea alejarse de cualquier contacto social. En un principio, su criado es el único nexo con el mundo pero, la muerte repentina de este desencadena un continuo de equívocos y absurdos que parecen no tener fin. Bennett, entre precisas descripciones y brillantes diálogos, nos recuerda que nadie puede escapar a esa necesidad que tiene la sociedad de hurgar en la vida de personajes de renombre. Y es que, incluso en nuestra época donde la efímera fama tiene tanto valor, la necesidad de ocultar el personaje y mostrar solo la obra es vista como una extravagancia que nuestra curiosidad malsana derriba con suma facilidad. Por contra, para el protagonista lo extraño viene representado por la realidad cotidiana.
Y la obra avanza desbocada, hasta convertir toda la historia de Priam Farll en un asunto nacional donde unos lunares en el cuello cobran una importancia esencial. No hay lógica aparente, pero todo encaja y esa es la enorme virtud que se da entre los grandes comediógrafos. Y es que Bennett se ríe incluso cuando inicia el clímax:
“La cosa comenzó en el instante en que Alice hundía el tenedor de mango largo en una rebanada de pan. Se oyó un golpe en la puerta de la calle, un golpe estruendoso y resonante, el golpe del destino, tal vez, pero el destino disfrazado de cargador de carbón”.

A los pocos años de aparecer la novela, el mismo Bennett adaptó el texto como obra teatral con el título de The great adventure. Después de las dos versiones cinematográficas, el célebre guionista Nunnally Johnson se encargó de escribir el libreto para un musical que llegaría a estrenarse con poco éxito en las carteleras de Broadway. Vincent Price y Patricia Routledge se encargaron de los papeles principales en esta obra que pasaría a llamarse Darling of the day –tras haberse conocido en los ensayos como The great adventure e incluso estrenarse en Boston como Murried Alive-. Un premio Tony para la actriz y unas escasas 32 representaciones, más la posibilidad de ver cantar a Vincent Price, fueron sus únicas credenciales.


Este texto forma parte del homenaje bloguero a Enoch Arnold Bennett concentrado en la página Arnold Bennett Bloggers Assembly.


jueves, 28 de febrero de 2013

Guerra, revolución e ilusiones perdidas





La guerra civil española es un conflicto que se ha perpetuado en nuestra memoria y aunque la mayoría de las personas que participaron en el mismo ya han desaparecido, el eco de lo ocurrido sigue reverberando.  Como en una herida no cicatrizada, la ficción ha hurgado constantemente en el conflicto en su empeño por  hacernos entender nuestro presente. El laberinto español del que hablaba Brenan tiene muchos caminos para una salida unitaria y mucho me temo que la bipartición social vuelve a repetir sus esquemas una y otra vez.
De todas formas, la guerra civil también significó el origen de una interesante experiencia que, aunque no tuvo continuidad al truncarse por la derrota, sacó a la luz lo mejor de una sociedad necesitada de cambios. La revolución que se produjo en una parte de esa España quebrada destella, más de 80 años después, como una brillante luz surgida de la más profunda de las dolencias. Escribía Jaime Gil de Biedma ese dolor:
            “De todas las historias de la Historia
            la más triste sin duda es la de España,
            porque termina mal. Como si el hombre,
            harto ya de luchar con sus demonios,
            quisiera terminar con esa historia
            de ese país de todos los demonios”
En el interesantísimo documental de Juan Gamero Vivir la utopía, las voces de aquellos que estuvieron allí, de los que posibilitaron que durante los largos meses del conflicto la utopía de los oprimidos fuera real, van desgranando las bondades de una experiencia única. Y es que en ese corto período de tiempo se puso en marcha una auténtica revolución popular que sorprendió tanto dentro como fuera de España y que a la postre fue una de las causas directas que motivaron la flagrante decisión de no intervención de las potencias aliadas, supuestamente favorables a la República. Ese período de colectivización, emprendido esencialmente en territorios como Aragón, Cataluña o Valencia fue uno de los mayores logros de justicia social que se han llevado a cabo en este país.
Pero como la historia ya ha sido contada en numerosas ocasiones y muy bien contada por tantos historiadores –destaca, por cierto, el sorprendente interés que ha tenido este tema desde hace tiempo entre los hispanistas británicos-, me limitaré a hablar sobre un libro mítico, contemporáneo del conflicto y escrito por un auténtico visionario y sabio observador de la realidad; me refiero a Homenaje a Cataluña de George Orwell. Este autor se convirtió en un testigo directo de los hechos durante varios meses al participar como miliciano del POUM, después de acudir voluntariamente desde Inglaterra  con la idea de combatir al fascismo, que en aquellos tiempos descollaba peligrosamente.  En el texto logró atrapar, gracias a la sinceridad y la serenidad de sus análisis, las sensaciones reales que se daban en el ambiente y no la épica que otros escritores trataban de enaltecer. Esta obra es la crónica de su paso por la guerra y el intento de comprender, a seis meses vista y cuando el conflicto aún no había finalizado, lo que allí estaba ocurriendo. Aunque es una obra limitada por no tener Orwell una visión de conjunto, su vitalidad y emotividad lo convierten en una pieza imperecedera.
Milicianos del Poum. Orwell es el más alto del fondo
Lo cierto es que Homenaje a Cataluña se lee casi como una novela de acción, donde el personaje nos va narrando con absoluto puntillismo todo aquello que le va sucediendo. Especialmente logrados son los capítulos de su época en las trincheras, donde el autor empieza a cuestionarse verdaderamente las miserias de la guerra y la sensación de pérdida de tiempo constante, mientras el frío, los piojos, las ratas y la mala coordinación provocan su desesperación. Asimismo, los hechos de mayo del 37 en Barcelona que el autor vivió en carne propia, son un documento histórico casi único y nos dan una idea real de lo que allí sucedió, más allá de los análisis históricos.
Ken Loach en Tierra y Libertad, realizó una aproximación a la historia vivida por Orwell, generando de nuevo amplios debates sobre la lucha interna entre las fuerzas de izquierda. Era evidente que la herida seguía abierta, pero Orwell, como demostró más tarde en Rebelión en la Granja o en 1984, fue un visionario crítico y sincero que supo asumir sus limitaciones y errores pero que descubrió el mal que se encubría en las interioridades de la República y sus aliados. En el documental Extranjeros de sí mismos de Jose Luis López-Linares y Javier Rioyo, los combatientes internacionales que hablan de su experiencia confirman esa sensación de derrota interior también, de haber luchado en una guerra por unos ideales que parecieron diluirse en ciertos momentos. Todavía es emocionante comprobar cómo un brigadista excombatiente no acaba de entender que desean de él, de un perdedor que toda su vida ha ocultado la derrota de sus ideas. El homenaje que rinden López-Linares y Rioyo es sincero porque sólo pretende dar voz a aquellos que entregaron un fragmento de sus vidas en una experiencia, según los propios entrevistados, que les marcaría para siempre.

 


domingo, 20 de enero de 2013

El palacio de los sueños





En su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de 2009, el escritor albanés Ismaíl Kadaré decía: “Una vez aceptamos que el de la literatura y las artes es un mundo paralelo, referencial, ya hemos admitido también que es un mundo rival. Y en consecuencia, dado que la rivalidad conduce de forma habitual al conflicto, lo queramos o no habremos de admitir que entre esos dos mundos, el de la vida y el arte, habrá conflicto. Y conflicto hay. En ocasiones declarado, otras velado. El mundo real posee sus propias armas contra el arte en ese enfrentamiento: la censura, las doctrinas, las cárceles. Así como también el arte dispone de sus medios, sus fortalezas, sus herramientas, en fin sus armas, la mayor parte secretas”.
Estas palabras son, de hecho, representativas y justificativas de una obra que se enmarca en un ambiente de represión totalitaria. Y es que Kadaré ha desarrollado la mayor parte de sus escritos bajo uno de los regímenes comunistas más opresivos y desconocidos del siglo XX, representado por una figura omnipresente en la vida de los albaneses como si de un gran hermano orwelliano se tratara, la del dictador Enver Hoxha y su implacable aparato de Estado.
Según Ramón Sánchez Lizarralde, traductor y gran valedor en nuestro país de la obra de Kadaré, este autor es uno de los últimos colosos de la literatura porque en su obra se recuperan los grandes debates y tragedias de la humanidad, bebiendo de la literatura oral y de los clásicos, y adaptándolos a las circunstancias y condiciones de cada período histórico. Y todo ello se encuadra con una obsesión por el tema de la opresión y sus mecanismos de sumisión, fruto de la experiencia personal. Su trabajo es, probablemente, una de las más lúcidas reflexiones sobre el poder del Estado y sus relaciones con los individuos, lo cual lo emparenta directamente con las mejores obras de Orwell y Kafka –curioso comprobar que comparte con este autor la cercanía aproximativa en las estanterías de librerías y bibliotecas, más allá de su proximidad nominal, pues es para mí evidente que Kadaré es el auténtico heredero cultural del autor checo-.

El palacio de los sueños es la mejor de sus alegorías sobre el poder totalitario. Situada en la época de la dominación del imperio otomano –aunque con claras referencias físicas a la capital albanesa de Tirana-, este libro nos presenta los alambicados misterios de una idea perversa: en el Tabir Saray o Palacio de los sueños, los funcionarios del poderoso Estado se aplican en seleccionar e interpretar todos los sueños de sus habitantes, recogidos a lo largo del todo el territorio por miles de empleados. En el colosal edificio, un primer departamento de selección se encarga de hacer una criba para encontrar los sueños importantes que afecten a la integridad del Estado, en un segundo departamento de interpretación los funcionarios se afanan en buscar aquellos sueños que afectan positiva o negativamente a las estructuras del Estado y entre todos ellos es elegido un sueño maestro que llega al sultán cada semana y que sirve para ejecutar las acciones que permitan la continuidad del aparato de gobierno. El protagonista, Mark-Alem, miembro de la poderosa y ancestral familia albanesa de los Qyprilli, entra en el Tabir Saray como seleccionador y  constituye para el lector un conductor de las laberínticas estancias del palacio y el eje narrativo de la historia. En esa enorme estructura se acumulan los distantes funcionarios que se agrupan en masa a golpe de sirena, aparecen enormes salas repletas de mesas y sillas donde silenciosamente esos seres grises e indefinidos de los que desconocemos todo se muestran como una masa uniforme, mientras largos y vacíos pasillos que contienen secretas puertas cerradas se nos presentan como auténticos laberintos. Se hace evidente la proximidad con la obra de Kafka, aunque en los textos de Kadaré el absurdo es todavía más terrible, ya que el control estatal se obtiene mediante los sueños, algo no tangible y falto de hechos y por tanto mucho más poderoso. El poder surge del control del inconsciente colectivo.
El palacio de los sueños es, ante todo, una denuncia de los regímenes totalitarios y una lúcida reflexión sobre el poder. La alegoría es su método, aunque los paralelismos con el régimen de Hoxha y el estalinismo son tan evidentes que sorprende que esta obra, a pesar de haber estado silenciada, fuera publicada en uno de los momentos más duros de la dictadura. La historia nos habla de la lucha de poder con una familia aristocrática de raigambre que atesora incluso antiguos cantares de gesta –envidia del sultán-, a partir de uno de esos sueños maestros. Pero en realidad, su fuerza reside en la capacidad que tiene Kadaré para mostrarnos ese mundo de pesadilla hasta en sus mínimos detalles, la angustia y el desasosiego que emanan de la situación creada como fiel reflejo del tipo de sociedad al que muchos países se vieron abocados. 








sábado, 29 de diciembre de 2012

El folletín


Aunque hoy en día tendemos a utilizar la palabra folletín para enjuiciar despectivamente aquellas tramas que son propensas a extenderse sin mesura, lo cierto es que, en su nacimiento, los folletines fueron tan populares que precisamente la longitud de los mismos fue la característica que mejor los definió y por la que obtuvieron tan amplio favor del público lector. Pero en verdad, el folletín propiamente dicho, tuvo una corta vida, aunque como método de publicación se extendió por muchos países desde la originaria Francia que lo había creado.

El inicio del folletín hay que buscarlo en los diarios franceses de principio de siglo XIX, los cuales reservaban una parte inferior de sus páginas, denominada rez-de-chaussée o feuilleton, para publicar la crítica literaria, teatral y musical. A partir de 1836 se lanzaron de forma simultánea los diarios Le Siècle y La Presse, que decidieron publicar en la parte inferior de sus páginas y a lo largo de varios números una novela completa. La primera obra en publicarse con este método fue La vieille fille de Balzac en el primero de esos diarios,  entre noviembre y diciembre de aquel año. Al poco tiempo aparecerían las primeras obras de Alejandro Dumas (padre) que se erigió en el auténtico maestro del folletín, publicando allí sus obras más populares como El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros y sus continuaciones, La reina Margot o Joseph Balsamo. Junto a Dumas, los autores que mejor sobrevivieron a esa avalancha de obras que se dieron durante los veinte o treinta años que duró el fenómeno, fueron Eugène Sue con Los misterios de París y El judío errante, Paul Féval con El Jorobado y Los misterios de Londres o Ponson du Terrail con su ciclo de Rocambole.
Seguramente El conde de Montecristo de Alejandro Dumas sea la obra más emblemática del género folletinesco, además de constituir una de las obras cumbres de la novela del siglo XIX. La popularidad de esta obra se ha mantenido intacta desde su publicación y ha superado sin problemas los infructuosos intentos de cierta crítica elitista que pretendía rebajarla a simple novela popular para las masas, con escasas virtudes para mantenerse en el Olimpo de las grandes creaciones.
Así que si el método de publicar las novelas por entregas significaba que los autores debían inventar toda una serie de artificios para mantener el interés del lector, resulta que la narración de Dumas es un ejemplo a seguir, pues su escritura mantiene el suspense aun en las situaciones más cotidianas. El conde de Montecristo es una novela de aventuras porque contiene todo aquello que demanda una historia con un personaje de acción, pero también es una novela de costumbres porque nos muestra detalladamente la vida cotidiana de los variados personajes que pueblan la novela y aún se podría hablar de obra históricamente precisa y verosímil.

El conde de Montecristo ha sido definida como la historia de una venganza. Edmond Dantès, el protagonista absoluto de esta novela, dedicará su vida a castigar el mal recibido por tres personajes que representan la envidia, los celos y la ambición. Su implacable justicia, apoyada en la riqueza y la sabiduría, se convierte en el eje que vertebra toda la historia. De hecho, la fuerza que contiene este personaje de irresistible magnetismo, proviene de su aura divina que parece situarlo por encima de todo, pero que a la vez lo desvirtúa como ser humano, ya que su sed de venganza y su fría disposición para planificarlo todo con tanto detalle lo convierte en el personaje más cruel de la función. La novela está estructurada en tres partes que coinciden con tres espacios físicos donde se desarrolla la historia. En la primera parte que sucede en Marsella, los personajes son presentados junto con el motivo de la injusticia que recaerá sobre Dantès; dentro de esta, el castillo de If enmarca uno de los episodios más memorables de toda la obra. La segunda parte relata como Dantès se convirtierte en el misterioso conde de Montecristo y todos los preparativos para su venganza, utilizando varias localizaciones, pero esencialmente la ciudad de Roma.  En la tercera parte, desde París y alrededores, Montecristo llevará a cabo la ejecución de su particular justicia, implicando tanto a antiguos personajes como a los nuevos. 

Resulta curioso saber que la obra está inspirada en un caso verídico, en el cual el justiciero real acabó asesinando a los otros tres y a su vez murió a manos de un cuarto conocido que explicaría toda la historia. Pero el adorno literario de Dumas y su colaborador Auguste Maquet consigue que la literatura haga lucir esa realidad. Y hablo de Maquet como colaborador porque así fue reconocido por el propio Dumas, un autor que solía estar rodeado de un sinfín de escritores a sus órdenes para poder llegar a cumplir con los múltiples encargos que recibía, aunque siempre dejaba su sello personal en todas las obras. Pero el caso de Maquet, con quien Dumas escribió sus mejores obras, es diferente porque el autor siempre aceptó que su trabajo era fruto de una feliz colaboración y por su parte Maquet se sintió siempre halagado por poder compartir su trabajo con el gran genio. Puede que la historia haya sido injusta con Maquet, pero también es cierto que él renunció a los derechos de propiedad y aunque más adelante le fueron restituidos, la coautoría de las obras nunca le fue reconocida por la justicia. La vida, en cambio, sí le sonrió y acabó con grandes riquezas, mientras Dumas moría en la miseria a pesar de todos sus éxitos. Y como muestra de la admiración que sentía Maquet por Dumas, la carta de agradecimiento escrita tras una declaración pública del propio Dumas realizada para defenderse de los ataques que declaraban que no era el autor de sus libros: “Querido amigo: Nuestra colaboración ha ignorado siempre los números y los contratos. Una buena amistad, una palabra leal, nos eran tan suficientes, que hemos escrito medio millón de renglones sobre los asuntos de otros sin jamás pensar en escribir una palabra sobre los nuestros. Pero un día rompiste el silencio y fue para lavarnos de calumnias bajas y necias, para hacerme el honor más grande que pueda esperar: para declarar que había escrito contigo varias obras. Tu pluma, querido amigo, ha dicho demasiado. Libre eres de hacerme ilustre, no de asignarme dos veces una renta. ¿No me has pagado ya por los libros que hicimos juntos? Si no tengo contrato tuyo, tú no tienes recibo mío, y supón, amigo, que muera: ¿no podrá venirte algún hosco heredero con tu declaración en la mano a reclamarte lo que ya me has dado? La tinta, ya ves, llama a la tinta, y me obligas a manchar papel. Declaro renunciar a partir del día de hoy a todos los derechos de propiedad y de reimpresión por las obras siguientes que hemos escrito juntos, a saber: El caballero de Harmenthal, Sylvandire, Los tres mosqueteros, Veinte años después, continuación de Los mosqueteros, El conde de Montecristo, La guerra de las mujeres, La reina Margot y El caballero de Maison-Rouge, considerándome de una vez por todas total y debidamente indemnizado por tu parte según nuestros acuerdos verbales. Conserva esta carta si puedes, amigo, para enseñársela al hosco heredero, y dile que en vida me consideré muy contento y muy honrado de ser colaborador y amigo del más brillante de los novelistas franceses. Que haga como yo”.

Ilustraciones de Mead Schaeffer

lunes, 3 de diciembre de 2012

Un cajón de cuentos (XXIII): El inmortal de Jorge Luis Borges




La inmortalidad como tema literario ha sido siempre muy recurrente, ya que introduce un grave conflicto entre el deseo de perpetuarse y el precio a pagar por ello –comúnmente un pacto diabólico que incluye el alma como compensación-. Desde la antigüedad, la mitología y la religión nos han enseñado que sólo los dioses son inmortales y que la infructuosa búsqueda de la inmortalidad entre los humanos es una quimera a la que se han entregado numerosas culturas. Sustancias y materiales como el jade, la ambrosía, la panacea universal y la piedra filosofal  o idílicos espacios como la fuente de la eterna juventud o Shangri-la han sido descritos durante siglos para recordarnos que nuestro paso por la tierra es efímero y poco sustancial.
Pero existe un tipo de inmortalidad posible, aquella que nos perpetúa en la memoria de los hombres. Es por ello que hablamos de numerosos inmortales que nos  han legado una visión del mundo que trasciende las épocas y, entre estos, los autores de ficción constituyen un nutrido grupo de los que han encontrado su piedra filosofal.
Para Borges el tema de la inmortalidad fue otra de sus grandes obsesiones y, aunque en varios cuentos se aproximó de forma tangencial a la materia en cuestión a través de la variante del doble, nunca lo desarrolló de forma tan magistral como en su célebre relato El inmortal, perteneciente a esa excepcional colección titulada El Aleph.  En esta historia reflexiona Borges sobre la búsqueda de la inmortalidad a través de un personaje, el tribuno Marco Flaminio Rufo, quien parte en busca de la ciudad perdida de los inmortales para luego intentar durante siglos despojarse de la inmortalidad adquirida, al darse cuenta de que el ideal, una vez conseguido, acaba degradando al ser. El cuento utiliza la técnica del manuscrito hallado que  permite al autor  jugar con varios narradores y sembrar la duda sobre las identidades.  Este único relato parece contener en sus pocas páginas una auténtica epopeya de grandes dimensiones, pues allí se dan la mano la historia, el mito y la filosofía.
La idea que nos transmite Borges es que los inmortales carecen de identidad individual, porque cuando el tiempo no apremia, cuando no existe la sensación de que cada momento es único, los inmortales no tienen una posición superior a cualquier mortal; es decir, son el reflejo de todos y de ninguno en particular y, por ello, “Ser inmortal es baladí”. Paradójicamente, al no sentir un fin temporal, su vida no tiende hacia la perfección que creía el personaje buscador, sino hacia la bestialidad animal y la pura degradación, al derivar su búsqueda en un proceso de vana contemplación, pensamiento silencioso y total inacción –representado por el personaje de Argos -Homero-.
El relato narrado en forma de manuscrito es una perfecta historia circular, donde un viajero parte con intención de superar al tiempo y vencer a la muerte y acaba dedicando toda una vida a encontrar la muerte pacificadora.
Particularmente creo que uno de los puntos más atractivos de  la historia es su descripción de la ciudad de los inmortales, que enlaza directamente con los paisajes ideados por Piranesi en sus Carceri y en las Antichità Romane. Borges fue un gran admirador del famoso grabador, esencialmente porque sus obras poseían una evocadora fuerza narrativa implícita y es así que incluso uno de esos famosos grabados decoraba su casa de Buenos Aires, según nos cuenta Alberto Manguel en Con Borges. En El inmortal, como en ningún otro relato, Borges sabe describir los claustrofóbicos espacios piranesianos, convirtiéndolos en auténtica materia literaria, haciendo suyos los entramados laberínticos que tan cercanos le fueron siempre. Primero describiendo aquellos que se encontraban tras los altos muros: “Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano, ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número de cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron”, para después describir la entrada a la ciudad: “Fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas confusas, pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad”.