He vuelto a ver en los kioscos una colección de revistas de cómic que fueron parte de mi infancia. Se trata de las Joyas literarias juveniles, unas publicaciones que trasladaban grandes obras literarias de carácter aventurero a la viñeta ilustrada. La nostalgia se ha apoderado de mí, pues reconozco que esas revistas representan mi primera formación literaria, mi primer acercamiento a los autores a los que he ido regresando para descubrir en la plenitud de sus obras. De hecho, leer estos clásicos en la actualidad, sin haber pasado por el filtro de su lectura en la infancia y la adolescencia, también supone un extremo placer, ya que muchas veces el recuerdo ennoblece obras inmerecidamente o desprestigia clásicos que necesitaban mayor suerte. Imagino que haberlos leído en formato cómic, ayudó a que muchos jóvenes disfrutáramos hasta con las obras más arduas y enrevesadas. De todas maneras, aunque estos fascículos inunden kioscos y diarios varios, es una colección dirigida a la nostalgia, un intento para que los padres de esa generación busquen dar a sus hijos la misma formación que recibieron, pero es evidente que los intereses ya no son los mismos.Las Joyas literarias juveniles nacieron en 1970 y se mantuvieron hasta 1983, gracias a la labor de la editorial Bruguera. Esta popular colección tiene su germen en otra publicación de la misma editorial, se trata de Historias Selección -formato que también se pretende recuperar en librerías-, unos libros que nos hacían llegar algunos clásicos y biografías de personajes célebres combinando pobres adaptaciones del texto con páginas de viñeta en blanco y negro. El hecho de que la mayoría de niños sólo hicieran caso de las viñetas, debió movilizar a la editorial para hacer surgir esta nueva publicación que tanto éxito les dio en la década de los setenta.
Durante los 269 títulos que componían la colección, aparecieron los autores más representativos de la llamada literatura juvenil. Julio Verne con 49 adaptaciones, Emilio Salgari con 42 o Karl May con 22 fueron los escritores que más nos llegaron, pero también encontramos a Dickens, Walter Scott, Conan Doyle, Twain, Stevenson, Edmundo D'Amicis, Dumas, Fenimore Cooper, Gogol, Conrad, Poe, Carroll, Melville y hasta Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós. También descubrimos a unos escritores que con la edad supimos inexistentes: Cassarel, Vincent Mulberry o Norman R. Stinnet, que escondían bajo seudónimo a célebres adaptadores como Víctor Mora.
Uno de los puntos más destacables de estos cómics fueron sus estupendas portadas, alumbradas mayoritariamente por Antonio Bernal, quien fue capaz de imaginar escenas llenas de dinamismo, que plasmaban toda la aventura que nos íbamos a encontrar, un excelso trabajo de composición: personajes evocando alguna escena de la obra en su pose más épica. Un equipo de ilustradores y guionistas de calidad muy diversa, fueron pasando por la colección para trasladar con mejor o peor fortuna las grandes obras literarias. Hubo quien prefirió contarnos la historia a través de pequeños cuadros de la novela con precisos diálogos y otros que no fueron capaces de abandonar ningún detalle de la narración en su intento de fidelidad, acumulando información en cada viñeta. Algunos de los dibujantes crearon obras de una calidad excepcional, con personajes detallados al máximo y paisajes evocadores que sabían introducirnos en la historia de una pasada; otros creaban trazos vagos y poco sugerentes. Pero en general se puede hablar de un competente trabajo de adaptación que permitió una primera toma de contacto con autores a los que me fidelicé para siempre.
Los intentos por reverdecer los laureles de una obra que en su conjunto obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil han sido infructuosos. Agruparon las obras de cada autor en tomos de tapa dura o en otra vuelta de tuerca, rehicieron las Historias Selección en color con los dibujos salidos de esta colección. Incluso los periódicos han intentado su recuperación, pero las Joyas Literarias Juveniles ya sólo forman parte de los coleccionistas añorados y de aquellos que, como decía Fernando Savater, necesitamos recuperar nuestra infancia.
-El tesoro, Huck... El tesoro... ¡Lo hemos encontrado!
Durante los 269 títulos que componían la colección, aparecieron los autores más representativos de la llamada literatura juvenil. Julio Verne con 49 adaptaciones, Emilio Salgari con 42 o Karl May con 22 fueron los escritores que más nos llegaron, pero también encontramos a Dickens, Walter Scott, Conan Doyle, Twain, Stevenson, Edmundo D'Amicis, Dumas, Fenimore Cooper, Gogol, Conrad, Poe, Carroll, Melville y hasta Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós. También descubrimos a unos escritores que con la edad supimos inexistentes: Cassarel, Vincent Mulberry o Norman R. Stinnet, que escondían bajo seudónimo a célebres adaptadores como Víctor Mora.
Uno de los puntos más destacables de estos cómics fueron sus estupendas portadas, alumbradas mayoritariamente por Antonio Bernal, quien fue capaz de imaginar escenas llenas de dinamismo, que plasmaban toda la aventura que nos íbamos a encontrar, un excelso trabajo de composición: personajes evocando alguna escena de la obra en su pose más épica. Un equipo de ilustradores y guionistas de calidad muy diversa, fueron pasando por la colección para trasladar con mejor o peor fortuna las grandes obras literarias. Hubo quien prefirió contarnos la historia a través de pequeños cuadros de la novela con precisos diálogos y otros que no fueron capaces de abandonar ningún detalle de la narración en su intento de fidelidad, acumulando información en cada viñeta. Algunos de los dibujantes crearon obras de una calidad excepcional, con personajes detallados al máximo y paisajes evocadores que sabían introducirnos en la historia de una pasada; otros creaban trazos vagos y poco sugerentes. Pero en general se puede hablar de un competente trabajo de adaptación que permitió una primera toma de contacto con autores a los que me fidelicé para siempre.
Los intentos por reverdecer los laureles de una obra que en su conjunto obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil han sido infructuosos. Agruparon las obras de cada autor en tomos de tapa dura o en otra vuelta de tuerca, rehicieron las Historias Selección en color con los dibujos salidos de esta colección. Incluso los periódicos han intentado su recuperación, pero las Joyas Literarias Juveniles ya sólo forman parte de los coleccionistas añorados y de aquellos que, como decía Fernando Savater, necesitamos recuperar nuestra infancia.
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