Ilustrar un texto narrativo viene a ser una
manera de interpretación y hoy en día esa tarea parece pertenecer casi
exclusivamente al arte cinematográfico. Pero, antes del nacimiento del
cinematógrafo y aún en sus albores, el papel preponderante recaía en los
ilustradores, cuya importancia fue tal, que llegaron a marcar la pauta en el
desarrollo escénico de muchas obras adaptadas al cine. La época dorada de los
ilustradores abarcó desde finales del siglo XIX hasta el primer cuarto del
siglo XX y en su declive parece haber tenido importancia el auge del séptimo
arte como elemento más popular de traslación visual de la obra literaria. El
dibujo ilustrado de los grandes clásicos literarios perdió fuelle ante la
rivalidad de un arte más dinámico y globalizado.
Soy de los que pienso que la ilustración de
libros es un arte poco valorado a pesar de haber constituido, en ciertas
épocas, la única fuente de interpretación visual generada en su contexto.
Además, en su período más creativo, nos ha ofrecido la posibilidad de
regalarnos con la inventiva e imaginación de grandes artistas creadores como
Arthur Rackham, John Tenniel, Edmund Dulac, Howard Pyle, Gustave Doré, Rockwell
Kent, Harry Clarke o N.C. Wyeth que, en muchas ocasiones, han acabado asociando
su nombre al de la obra que intentaron evocar con sus pinceles. Afortunadamente,
el arte de la ilustración sigue dando exquisitos frutos hoy en día y, aunque no
alcance la calidad pictórica de aquellos años, seguimos teniendo enormes
creadores como los autores de la escuela rusa o los clásicos dibujantes
catalanes, con la puntualización de que quizás realizan un tipo de dibujo
excesivamente correcto y poco arriesgado, donde prima el detallismo y la
originalidad por encima del simbolismo y la creatividad.
Pero, no obstante, aparecen de vez en cuando
autores que enlazan con el elaborado trabajo de los antiguos maestros desde una
perspectiva moderna, comprometida y osada. Y uno de ellos es el italiano
Roberto Innocenti, creador de una obra no muy extensa pero de enorme calidad.
Innocenti es un dibujante autodidacta que empezó a ilustrar literatura a
principios de los años 80 con su versión moderna de La cenicienta. Posteriormente, además de algunos álbumes originales
como Rosa Blanca, El último refugio, La
historia de Erika o La casa, se
ha encargado de ilustrar con inusual belleza obras como Las aventuras de Pinocho, Cuento de Navidad, El cascanueces o La isla del tesoro, trabajos por los que
ha obtenido un amplio reconocimiento con numerosos premios, incluido el Hans
Christian Andersen en 2008 por el conjunto de su obra.
En sus trabajos para los textos de Carlo
Collodi, Charles Dickens o E.T.A. Hoffmann, Innocenti desborda imaginería
visual, con múltiples detalles que le dan a cada escena una importancia más
allá de la que el texto puede recoger. Y es que el autor consigue ilustrar también
aquello que no está escrito, ofreciendo una información suplementaria al lector
que enriquece sobremanera el texto. Uno de los aspectos que más llaman la
atención es la distorsión del punto de vista, la búsqueda de perspectivas
forzadas que tratan de introducirnos en la obra, convirtiéndonos en personajes
observadores privilegiados de la escena. El realismo de todos los detalles y la
capacidad de mostrar vida y movimiento en todos sus encuadres lo convierten en un
dibujante enormemente sugerente. Incluso en aquellas obras que no parten de
clásicos de la literatura, Innocenti sabe conferir el dramatismo adecuado o
sugerir estados de ánimo a través de su
pincel. Rosa Blanca se convierte así en un convincente alegato pacifista a
través de los ojos de una niña y El
último refugio resulta ser un introspectivo viaje en pos de la imaginación
perdida, acompañado de los grandes personajes de la literatura aventurera.
En definitiva, como el trabajo de un
ilustrador solo requiere ojos atentos y ganas de complacerse, aquí os dejo un
video que muestra la obra de uno de los últimos genios de este arte.
