Es notable la influencia que han ejercido los periódicos y revistas a lo largo del siglo XX para el desarrollo del género cuentístico. El relato corto se acomodó perfectamente a estas publicaciones y dio a conocer a un nutrido grupo de escritores que de otra manera no hubieran tenido oportunidad de publicar o en todo caso de llegar al gran público. La importancia de estos semanarios en la Norteamérica de postguerra fue crucial para la aparición de nuevas voces que empezaron a hacer tambalear el sistema de vida estadounidense, ese denostado american way of life que tan profundamente había arraigado en la sociedad norteamericana; escritores convertidos en críticos periodistas que no sólo desarrollaban sus opiniones a través del artículo o la entrevista, sino que radiografiaban esta sociedad a partir de la ficción en corto.
De todos ellos, la figura más preclara y quizás para mí uno de los mejores cuentistas del siglo es John Cheever, superando incluso a geniales constructores de miniaturas como Raymond Carver o Ernest Hemingway. Incluso el pope Harold Bloom incluye en su discutible canon de cuentistas a este genio del relato, aunque no se extiende demasiado en sus alabanzas. Cheever constituye la imagen más clara de lo que antes apuntaba, es decir, un escritor que publicó sus relatos casi exclusivamente en la revista The New Yorker, desde donde se dedicó a describir la sociedad norteamericana de su tiempo con una exquisita finura y precisión de cirujano.
Para mí John Cheever es la consciencia norteamericana despojada de su envoltorio y expuesta a la luz pública. El denominado Chéjov de las urbanizaciones o de las afueras, comparte con el insigne escritor ruso esa capacidad de sacar a flote las miserias humanas de la clase acomodada, aunque Cheever nunca se sitúa por encima de sus personajes porque sabe que no es mejor que ellos y que su infortunio y sus dramas escondidos tras el alcohol son los suyos propios. Sabe adentrarse en el mundo de los sentimientos, de las pasiones, de las mentiras y las certezas con un dominio literario absoluto y con una exactitud milimétrica al escoger las palabras. Sus personajes se mueven entre la luz y la sombra de vidas regidas por los convencionalismos y la hipocresía.
En España se han publicado en una excelente edición sus relatos en dos volúmenes y una selección prologada y antologada por Rodrigo Fresán titulada La geometría del amor que puede ser una buena manera de introducirse en este autor. De sus abundantes piezas maestras me quedo con una de sus historias más reconocidas, el cuento de El nadador o la insólita historia de Neddy Merrill, quien en un soleado y apacible domingo de verano decide volver a su casa desde la piscina donde se encuentra, atravesando las piscinas de sus convecinos a lo largo de trece kilómetros, en lo que llamara el río Lucinda en honor a su mujer. Pero no todo es lo que parece y ni siquiera podemos estar seguros de que todo se inicia plácidamente.
Se ha comparado esta historia con el tormentoso viaje de Ulises y ciertamente es una auténtica odisea reveladora, un viaje interior de descubrimiento a través del agua, un trayecto vital que conseguirá despertar al personaje para que asuma la verdad de su drama. El viaje se convierte así en el símbolo del ciclo vital, pues Neddy Merril envejece en una sola tarde. Además El nadador es un relato que va paralelo al tiempo meteorológico, pues comienza esperanzador y luminoso como el día para ir desembocando en un triste y desolador final anunciado por una tormenta. Desde el confuso inicio de las primeras escenas, Cheever nos va llevando de piscina en piscina para radiografiar todos los males de la sociedad norteamericana acomodada y el protagonista ejerce de cebo donde todos acaban arrojando su hipocresía y egoísmo arribista.
Sobre este relato, Frank Perry realizó una película que no le hace entera justicia. La concisión simbólica lograda por Cheever se pierde en una historia demasiado larga que abusa de las execrables técnicas del momento, como zooms, ralentís o filtros borrosos. Pese a la correcta interpretación de Burt Lancaster, la película no posee la misma fuerza dramática que el cuento. Donde mejor se ha sacado partido al mundo creado por Cheever es en una serie norteamericana actual, pero ambientada en los años 50, me refiero a Mad Men, que plasma la sociedad desde el emergente mundo de los publicistas. Y es que incluso las ficciones más modernas deben recurrir a los clásicos, pues leerlos ayuda a comprender todo mucho mejor.
