Se ha reconocido con justicia que Alfred Hitchcock fue el cineasta que mejor accionó los resortes del humor negro. Recogiendo toda la tradición literaria de los países anglosajones -encabezada por autores tan modélicos como Saki o Ambrose Bierce- supo transmitir a sus historias ese punto mordaz y ese tono oscuro que anida en el alma humana. En sus películas juega con los personajes, sometiéndolos cruelmente a una batería de dificultades que desembocan al final de un sinuoso laberinto malsano. Es sabida la afición de Hitchcock por las historias siniestras, macabras y sorprendentes que le llevaron a seleccionar y prologar numerosas antologías de relatos crueles e impactantes. Pero además, se le recuerda en este terreno por una exitosa serie de la CBS emitida entre 1955 y 1962; se trata de la modélica Alfred Hitchcock presenta que constaba de 265 episodios y que cimentó su fama de director con sentido del humor macabro y satírico. Todos los episodios contaban además con sus antológicas presentaciones que han quedado como un icono televisivo único y eran introducidos por la Marcha fúnebre de una marioneta de Gounod -sabia elección que nos anticipa la idea de seres humanos dirigidos por los hilos de un destino cruel-.
Aunque la mayor parte de los episodios presentados por Hitchcock pertenecían a obras y autores poco reconocidos, hay que retener un nombre muy especial que paseó varias de sus historias, guionizando incluso algunas de ellas. Se trata de Roald Dahl, el mejor continuador de la tradición humorística y fantástica británica. La calidad del trabajo de Dahl hizo que Hitchcock dirigiera hasta cuatro de sus historias más recordadas -cifra muy considerable en proporción a los 19 episodios que se encargó de filmar en la serie que presentaba-.Roald Dahl es reconocido y admirado por sus libros para niños. Los más conocidos: Charlie y la fábrica de chocolate, El superzorro, Las brujas, Matilda, James y el melocotón gigante o Cuentos en verso para niños perversos lo han convertido en el último gran clásico de la literatura para jóvenes y niños. Pero al lado de esas obras que contienen una sólida carga crítica contra las múltiples variantes de la estupidez humana, sobresale una obra para adultos llena de fantasía y especialmente de un humor negro que retrata y combate las debilidades y miserias del ser humano. Son colecciones de cuentos que me siguen pareciendo memorables, como Relatos de lo inesperado, Historias fantásticas o Los mejores relatos de Roald Dahl, porque contienen el placer de las historias narradas por un gran contador de cuentos, por un escritor que domina las reglas que él mismo prescribe con amplio sentido del humor: "He aquí algunas de las cualidades que debería poseer o tratar de adquirir si desea convertirse en escritor de ficción:
1. Debe tener una imaginación viva.
2. Debe ser capaz de escribir bien. Con eso quiero decir que debe ser capaz de hacer que una escena cobre vida en la mente del lector. No todo el mundo posee esta habilidad. Es un don que sencillamente se tiene o no se tiene.
3. Debe tener resistencia. Dicho de otro modo, debe ser capaz de seguir con lo que hace sin darse jamás por vencido, hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes.
4. Tiene que ser un perfeccionista. Eso quiere decir que nunca debe darse por satisfecho con lo que ha escrito hasta que lo haya reescrito una y otra vez, haciéndolo tan bien como le sea posible.
5. Debe poseer una gran autodisciplina. Trabaja usted a solas. Nadie le tiene empleado. Nadie le pondrá de patitas en la calle si no acude al trabajo y nadie le reñirá si hace usted el vago.
6. Es una gran ayuda tener mucho sentido del humor. Esto no es esencial cuando se escribe para adultos, pero es de vital importancia cuando se escribe para niños.
7. Debe tener cierto grado de humildad. El escritor que piense que su obra es maravillosa, lo pasará mal.".
En sus relatos, la crueldad, no exenta de humor, a la que somete a sus personajes se convierte en una especie de justicia literaria pues los espabilados habitantes de algunas de sus historias son abocados a un inesperado desenlace de tono malicioso. Sus historias son una conjugación perfecta de buen ritmo narrativo y vivos diálogos que desembocan en esos finales sorprendentes e imprevistos, donde el humor macabro y negro se convierte en la solución adecuada para solventar los problemas derivados de las relaciones humanas, especialmente de pareja.
Los cuentos de Roald Dahl merecen ser contados porque poseen ese don poco común de revestirse con más detalles a medida que se van relatando. Su verdadera magia está en la perfección de sus argumentos que hacen sentir al lector que está escuchando una vieja historia o anécdota de las que tejen la imaginación del mundo. En Dahl se conjugan la pasión de un narrador de raza y el humor necesario para sostenerla y por ello aconsejo unas buenas dosis de su literatura.
