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domingo, 8 de abril de 2012

Un cine emocional

 
Cuando un libro o una película me han rasgado en lo más profundo, me invade una sensación de embriaguez que estimula y aviva el deseo de recrearme y compartirlo de inmediato, dejándome llevar por los sentimientos que han aflorado, sucumbiendo a su misterio. Escribir justo después de haberme empapado de una película como La mejor juventud de Marco Tullio Giordana provoca una reacción poco reflexiva y altamente visceral, aunque quizás era eso lo que perseguía.
Ya había tenido oportunidad de visionar esta miniserie de 6 horas de duración hace más de tres años y confieso que me dejó tan tocado emocionalmente que estuve durante una semana un tanto aturdido. Desde el momento en que abrí este blog, supe que había algunas cosas de las que hablaría más tarde o más temprano y esta película debía de ser obligadamente una de ellas. Un día festivo y toda una tarde por delante me han permitido revisionarla de un tirón.
A veces, la sencillez de una propuesta puede dar pie a confundirse con un cine fácil del que siempre he rehuido. Y es que las narraciones de sagas familiares que recorren el curso de los acontecimientos históricos ha sido un recurso muy manido, pero útil para la ficción televisiva. También el cine ha dado ejemplos memorables y grandes fiascos, pero probablemente en la televisión el riesgo es menor porque no suele pretender recrearse más allá de la narración. En todo caso, la historia que nos cuenta La mejor juventud recorre la historia italiana desde 1966 hasta el 2003, a través de las vidas de la familia Carati, haciendo hincapié en cada momento en los sucesos que jalonaron ese período pero sin olvidarse que son los personajes los que van marcando el terreno. Es la historia amplia de Italia y sus paisajes, entremezclados con la pequeña historia de una familia.

Aunque su arranque pueda parecer algo convencional, ya que empezamos a entrever una de esas películas donde los personajes van a ir creciendo al ritmo del tiempo sin más, la intensidad empieza a subir al poco de entrar en escena un personaje memorable que se convertirá en el eje vertebrador entre los dos hermanos protagonistas y a la vez en causa de su destino. Aquí me detengo para descubrirme ante el cine de las miradas, porque en esta película los ojos hablan y ¡vaya si hablan! Sentir la mirada de Giorgia, la joven desequilibrada que reside en un psiquiátrico, como después la de Matteo, uno de los hermanos protagonistas que comparte con Giorgia la fragilidad de un mundo interior autodestructivo, o la sabia e intuitiva mirada de los abuelos que parecen ver más allá de lo que se muestra, es una auténtica lección de cómo mirar a la cámara y además sucede que esas miradas generan nuevas historias. Nunca los ojos expresaron tanto.
Otro de sus puntos fuertes es el magnífico guión que sustenta la historia. Los personajes hablan con naturalidad, en los diálogos se dicen muchas cosas que permiten evolucionar a los personajes sin brusquedad; su lenguaje no es impostado y sin embargo se observa que la vida se explica a través de sus palabras. Vuelve a surgir aquello de que lo sencillo no es lo fácil. Además, dibujar unos personajes con tanta claridad es una tarea a la altura de los grandes novelistas  y en esta película lo que nos cuentan los hace más creíbles, sus giros y cambios fluyen con invisible naturalidad, fruto del proceso espontáneo de su evolución. Porque no hay buenos ni malos, perdedores o ganadores, pero hay muchos claroscuros en todos ellos; son verosímiles. Las decisiones y elecciones de cada momento tienen fuertes repercusiones y mueven  constantemente los hilos narrativos.
Cuando hablo de un cine emocional, me refiero a esa película donde lo que está pasando remueve las vísceras. Es posible que nunca haya llorado tanto como en esta película y, sin embargo, qué dulces han sido las lágrimas. Una historia que recurre al drama y a la pasión, pero nunca de forma empalagosa y donde los momentos de luz parecen reforzar la intensidad vital de una película que no se olvida de recordarnos que “todo lo que existe es hermoso”.  Las utopías y los sueños del pasado parecen diluirse al enfrentarse con una realidad no imaginada y es que la vida sigue su curso natural y por ello es a veces dura e injusta, pero la gran fuerza del amor parece resistir y enmendarlo todo.
Se tratan muchos temas en esta película: la psiquiatría, la revolución, el terrorismo o la mafia, pero esos son ejes vertebradores sobre los que se vehicula un cine que habla esencialmente de la familia y la amistad. Podría pensarse que es poco original, pero lo importante es la manera de presentarlo y en esta película llegas a entender tantas cosas y a aprender tantas lecciones de vida que acabas dejándote seducir por su misteriosa belleza. La sencillez del discurso, insisto.
No me puedo olvidar de mencionar su banda sonora… Al lado de las típicas canciones de cada época, aparecen intensos motivos musicales como Oblivion y Remembrance de Astor Piazzola o el aria de Aquilarco de Giovanni Solima  y otras piezas del repertorio clásico. Pero ante todo hay un motivo que aparece constantemente para la relación de los dos hermanos, es el famoso tema de Jules et Jim de George Delerue —un guiño evidente a la película de Truffaut y su triángulo amoroso— que aquí brilla con renovada intensidad gracias a su lirismo. Naturalmente esta película exige ser visionada en versión original, sin duda alguna.
Una recomendación de buen cine narrativo, quizás traído de una forma muy apasionada y nada analítica, pero en ocasiones es mejor no buscar demasiadas lecturas y entregarse sin más.