jueves 23 de febrero de 2012

Un cajón de cuentos (XX): La Venus d'Ille de Prosper Merimée


Italo Calvino nos recuerda en su antología Cuentos fantásticos del XIX que uno de los temas recurrentes de la narrativa fantástica de ese siglo fue la pervivencia de elementos propios del mundo grecorromano en contraste con la época en la que eran narrados los hechos. El pasado mítico proveniente de leyendas o creencias choca con el mundo del racionalismo ilustrado que ha perpetuado el siglo anterior. Pero este retorno romántico a la antigüedad clásica poco tiene que ver con la recuperación de una estética neoclásica, sino que más bien se trata de un punto de partida para las narraciones fantásticas que utilizan elementos de la época en su trama, como unas ruinas antiguas o una estatua desenterrada.
Si nos atenemos a las diferencias aportadas por los teóricos del género respecto a literatura fantástica y literatura maravillosa, se hace evidente que el mundo de los dioses grecorromanos pertenecería al relato maravilloso, aunque se regiría por los mismos mecanismos que el mundo de los humanos y por tanto diferiría del relato fantástico propiamente, el cual se presenta como la digresión entre dos mundos antagónicos de leyes totalmente diferentes. Pero el romanticismo sabe apropiarse de la variante clásica adaptándola a la estética fantástica y es así como surgen narraciones tan memorables como La Venus d’Ille de  Prosper Merimée, Arria Marcella de Théophile Gautier o más adelante El último de los Valerios de Henry James, textos a los que alude Calvino en su antología como representativos de la temática sobre antigüedad clásica.
Y es que, en ese período histórico, se produce la ruptura sobre la manera de entender y presentar el fantástico, algo que recoge con brillantez Maupassant en su artículo Lo fantástico: “Cuando el hombre creía sin vacilación, los escritores fantásticos no tomaban precauciones para desarrollar sus sorprendentes historias. Entraban  a la primera en lo imposible y allí permanecían, variando hasta el infinito las combinaciones inverosímiles, las apariciones, todas las espantosas artimaña para crear el espanto. Pero cuando la duda penetró por fin en los espíritus, el arte se volvió más sutil. El escritor ha buscado los matices, ha merodeado alrededor de lo sobrenatural antes que penetrar en él. Ha encontrado efectos terribles permaneciendo en el límite de lo posible, arrojando las almas en la vacilación, en el espanto. El lector indeciso ya no sabía, perdía pie como en un agua cuyo fondo falta en todo instante, se aferraba bruscamente a lo real para volver a hundirse enseguida  y debatirse de nuevo en una confusión penosa y febril como una pesadilla”.
En el relato Arria Marcella de Gautier, un joven logra trasladarse temporalmente a la ciudad de Pompeya poco antes de la erupción del Vesubio. La fuerza del amor supera la barrera del tiempo y el autor nos consigue identificar con la religión pagana que no desprecia el placer y la belleza, frente a un represor cristianismo. El último de los Valerios es una exquisitez de Henry James que nos habla del influjo posesivo ejercido por una estatua desenterrada hacia el descendiente de una noble y antigua familia romana. Como en sus mejores historias fantásticas, James juega con habilidad a sugerir antes que mostrar y así sumirnos en la duda. Pero es sin duda la historia de Merimée la más popular de todas en su aparente sencillez.
Aunque Prosper Merimée no escribió muchos cuentos fantásticos, se le puede considerar uno de los más interesantes del panorama francés hasta la llegada de Maupassant. En su haber cuenta con otro gran relato fantástico: Lokis, una fascinante historia de corte folklórico sobre transformaciones ambientada en Lituania. La Venus d’Ille trata sobre la maldición de una estatua romana desenterrada, tema que más adelante será reestructurado a partir de una cultura aún más milenaria, en la maldición faraónica. La Venus del cuento es, a ojos de los aldeanos, un ídolo de mal fario que va anunciando sus desgracias y que en su propio nombre lleva una advertencia implícita: la boda entre el hijo de la casa y su novia se debe celebrar en viernes y la estatua hallada es una Venus según reza la inscripción del pedestal, nombre que ha dado origen a nuestro viernes. Por el contrario la familia de los Peyrehorade y el arqueólogo narrador no ven en la estatua más que una obra de extraordinaria belleza, aunque son capaces de percibir en su rostro ciertos rasgos humanos de “desprecio, ironía, crueldad”. Además, las inscripciones del pedestal tienen una doble lectura que se convierten, según quien las interprete, en una advertencia y es que, como acertadamente comentaba Louis Vax: “La lengua de la antigüedad clásica y de la liturgia romana se adorna con un prestigio del que carecen las hablas vulgares. Y siempre es la interpretación más terrible o la más siniestra la que se impone”.
La amenaza se instala con la presencia del ídolo-estatua y los hechos que acontecen no pueden ser explicados de una forma racional, pero se van sucediendo con la lógica de las leyes fantásticas. Lo irracional —parece decirnos el autor— pervierte cualquier explicación y debemos plegarnos ante lo que no entendemos. Es el triunfo del fantástico.

jueves 2 de febrero de 2012

Roma imperial


Los meses de julio y agosto, en pleno estío, suelen evocar imágenes de placentera felicidad y ocioso bienestar porque nos eximen durante una temporada de la intensa vida cotidiana y del trabajo –del latín vulgar tripalio, instrumento de tortura formado por tres palos-. Es por ello que, de entrada, los nombres de Julio y Augusto nos seducen sobremanera, ya que fue el senado romano quien otorgó el honor de honrar los meses quintilis y sixtilis de su calendario con el de estos insignes emperadores y nosotros no hemos hecho más que refrendar esta herencia romana. Sabemos también que Tiberio, el sucesor de Augusto, declinó la oferta senatorial de ofrecer su nombre para el septiembre romano en un gesto de coherencia para evitar posteriores conflictos de ego imperial.
Pero no tan solo hemos heredado el Kalendarium con el nombre de los meses o los días, sino que la romanización se ha convertido en el legado más importante de nuestra cultura occidental en múltiples aspectos. Por ello, realizar un viaje a Roma significa algo más que retroceder a un pasado de restos arqueológicos, es casi rendir tributo a una civilización que se percibe plenamente en el día a día y que es la esencia de nuestros orígenes.
Siento atracción por Roma, por su caótica amalgama de cultura que permite convertir cualquier deambular sin rumbo por sus calles en una irresistible sensación de gozo. Pero ante la enormidad de Roma, en mi último acercamiento a la ciudad me he dejado seducir por la ciudad pretérita, por la Roma imperial y monumental que albergó entre sus murallas a más de un millón de habitantes y para ello me han acompañado algunos libros que podían situarme en el lugar y el tiempo de manera adecuada.
Aunque la bibliografía sobre la ciudad es apabullante y es difícil decidirse sobre qué textos son más convenientes, siempre guardo un grato recuerdo de un libro por el que no pasan los años, Historia de Roma de Indro Montanelli, que presenta de una forma amena y rigurosa a los principales actores de esta historia, acudiendo constantemente a las fuentes latinas, como Suetonio. Su relectura es como volver a saludar a Julio César, Cicerón, Virgilio, Augusto y tantos otros personajes que poblaron los mágicos sueños de un pasado. Junto al clásico de Montanelli y con la intención de adentrarme e indagar sobre la vida cotidiana de la gran urbe, me ha sido de gran utilidad Roma de los césares de Juan Eslava Galán por su brillante capacidad de aproximación a los aspectos más comunes y vitales de la ciudad imperial. Por último y como complemento idóneo a la historia, la visión aportada por el crítico de arte Robert Hughes en la fascinante Roma. Una historia cultural, donde se dan la mano la rigurosidad histórica, el detalle por los hechos curiosos y un análisis acertado de acontecimientos, lugares y personajes a lo largo de toda la historia.
Y es que la monumentalidad de la antigua ciudad imperial se revela a través de los vestigios tan imponentes que nos han llegado, como el Coliseo, anfiteatro cuyo nombre no deriva de sus impresionantes medidas, sino que se lo debe a la antaño vecina estatua de Nerón, un auténtico coloso dorado de altura similar a la estatua de la libertad. O los suntuosos foros imperiales que muchos emperadores embellecieron. Enormes columnas y escalinatas nos hacen entrever el tamaño de los innumerables templos que se agolpaban en la colina del Palatino, restos de arcadas y paredes derrumbadas nos indican la extraordinaria capacidad que albergaban edificios como las termas de Caracalla o el teatro Marcelo. Más allá de las ruinas, la conservación de un edificio tan notable como el Panteón nos permite comprobar in situ el genio constructivo romano y trasladarnos en el tiempo para admirar, como debieron hacer ellos, la impresionante cúpula que, con un diámetro superior a la de San Pedro, asombra por su sencillez. Tampoco nadie puede salir de la Villa Adriana sin haber sentido que la belleza, incluso en las ruinas, existe. Muchos pintores han intentado plasmar el esplendor de Roma en su época más gloriosa; en mi caso, entre las obras de esta Roma idealizada, destacaría los evocadores dibujos de Giuseppe Gatteschi.
Pero Roma no es sólo la ciudad de las grandes construcciones artísticas, ya que como gran urbe de la antigüedad necesitó dotarse de infraestructuras adecuadas para la vida cotidiana de su enorme población. Quizás sea su red de carreteras uno de los mejores legados, pues si todos los caminos llevan a Roma es gracias a que sus ingenieros –y naturalmente sus esclavos- se esforzaron por hacerlo posible. Al nombrar a Roma se siente fluir el líquido elemento que tan presente está y que nos traslada a esas enormes obras de ingeniería que fueron los acueductos, pero también nos recuerda su red de cloacas y su moderno sistema de aguas termales, algo que tardaría siglos en superarse. Las fuentes pertenecen a Roma y son un símbolo como destacó Ottorino Respighi en su poema sinfónico Le fontane di Roma, pero también los altísimos pinos que invaden la ciudad como también subrayó en I pini di Roma. Aunque es probable que lo que mejor hicieron los romanos fue gobernar, pues solo desde el buen gobierno se puede ejercer una influencia tan perdurable y en un territorio tan amplio. Gracias a ellos, la cultura helenística pervivió, pues supieron conservar lo mejor de los griegos y copiar bien del original, o al menos permitir que los artesanos griegos copiaran a sus maestros clásicos y así permitirnos el disfrute de la armonía escultórica helena. Lejos de imponer, fueron capaces de absorber a los dioses olímpicos para añadirlos a su multitud de pequeños dioses del hogar y el campo. Tampoco se negaron a otorgar la ciudadanía a pobladores de provincias lejanas y así pudieron elevar a dos de sus más sabios y recordados emperadores, Trajano y Adriano, desde la lejana Hispalis. Sin embargo, no todo ha sido memorable pues también fueron los culpables de introducir la anestesia social en la población con su panem et circenses que tan buen resultado sigue dando en la actualidad.

 Aunque la literatura de narrativa histórica ha sido muy fructífera a la hora de recordar a los gobernantes imperiales, sigo siendo fiel a Yo Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina de Robert Graves y a las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Mientras que en el terreno de ficción televisiva dos series memorables, cada una a su manera, nos han trasladado a la antigua Roma. Por un lado, la clásica versión de la obra de Graves Yo Claudio de la BBC, donde se nos muestran todas las intrigas palaciegas con aires de drama shakesperiano, bajo un inspiradísimo guión y unas antológicas interpretaciones que hacen palidecer cualquier modernidad pretenciosa. Por otro lado la serie Roma de la HBO que intuyo acabará convirtiéndose en pieza de culto por varios motivos: la fiel reconstrucción histórica que toma como base dos personajes auténticos a los que Julio César menciona en sus Comentarios a la guerra de las Galias, que serán ejes de toda esta ágil ficción narrativa; el detallismo riguroso en la dirección de producción con objetos, peinados o vestuario; el excepcional diseño de decorados que nos muestra la Roma de los grandes templos y el senado, pero también la ciudad caótica de los tenderos, tabernas y casas señoriales; y la minuciosa representación de todos los aspectos de la vida romana, avalados por grandes interpretaciones.
Para finalizar os dejo un fragmento de mis paseos hecho imagen. Piedras que hablan por sí mismas acompañadas de una preciosa canción de Els Manel titulada Roma. Creo que su texto brilla y sugiere entre tanta belleza, por lo que requiere una escucha atenta.

miércoles 18 de enero de 2012

Sentido y destino


Para la cultura alemana, Weimar significó un lugar de peregrinación de la intelectualidad durante el período romántico. A nueve kilómetros de ese lugar, donde la Alemania culta y civilizada sentó las bases del romanticismo, se levantaba años más tarde uno de los más ignominiosos lugares que ha creado el hombre: el campo de concentración de Buchemwald. Junto a éste, otros nombres como Auschwitz, Mauthausen o Dachau son de infausto recuerdo para la humanidad.
Pero no pretendo hablar del holocausto, sino de dos libros que retratan sendas experiencias vividas en estos campos de exterminio y trabajo. Se trata de dos visiones esclarecedoras y reflexivas sobre ese infierno en la tierra; por un lado la experiencia del psiquiatra vienés Victor Frankl recogida en El hombre en busca de sentido y por otro la novela casi autobiográfica del húngaro Imre Kertész titulada Sin destino. Ambos libros abordan de una forma aséptica y terriblemente fría la experiencia en los llamados campos de la muerte, tratando de descubrir la extraña fuerza que mantiene vivos a algunos prisioneros en unas condiciones tan dramáticas, donde lo más sencillo sería abandonarse para evitar el sufrimiento. En el fondo, pretenden atrapar el misterio de nuestro motor de vida.
Víctor Frankl aclara que su intención es “describir, desde mi experiencia y mi perspectiva de psiquiatra, cómo el prisionero normal vivía la vida en el campo y cómo esa vida influía en su psicología”. Así, el autor nos va asomando con pequeños detalles a los diferentes aspectos que van conformando la vida habitual en el campo. Nos habla de la primera y trágica selección en Auschwitz, del proceso de desinfección, de los castigos corporales y los lacerantes insultos, de la permanente sensación de hambruna e incluso de los sueños y pesadillas, del sexo o de la religión. Frankl se sorprende de que el ser humano sea capaz de adaptarse a todo, incluso a convivir con la muerte y se pregunta cuál es el motivo que permite sobrevivir en este medio hostil, cuando toda dignidad ha sido vejada. Parece encontrar una respuesta: “Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad –aunque sólo sea un suspiro de felicidad- si contempla el rostro de su ser querido”. La reflexión de Frankl toma cariz de filosofía existencial cuando recuerda que, aún en las peores condiciones, al ser humano no se le puede privar de la última de sus libertades: la capacidad para poder decidir el camino propio, la posibilidad de no dejarse arrebatar nunca la libertad interior, aquella que le permite aceptar un destino que da sentido a la vida y abre una vía a la esperanza. “Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar ese sufrimiento, porque ese sufrimiento le otorga el carácter de persona única e irrepetible en el universo (…) entonces surge en toda su trascendencia la responsabilidad que el hombre asume ante el sentido de la existencia. Un hombre consciente de su responsabilidad ante otro ser humano que lo aguarda con todo su corazón o ante una obra inconclusa, jamás podrá tirar su vida por la borda. Conoce el porqué de su existencia y será capaz de soportar cualquier cómo”.

Presos de Buchenwald en abril de 1945. Foto: AFP
Por otra parte, Imre Kertész en su novela Sin destino cuenta con la suficiente distancia y objetividad posible la vida del joven György Köves como deportado en los campos de Auschwitz y Buchemwald. La minuciosa y admirable recreación en primera persona de los trasiegos que pasa el protagonista y los avatares de un destino que le ha tocado vivir, nos hacen sentir el mismo dolor que le causan esos insoportables zapatos de madera o las heridas que supuran de su rodilla y su cadera. Como Frankl, Kertész también entiende que la única manera de soportar y hacerse fuerte en la adversidad es pensar en los seres queridos que le esperan.
El protagonista de Sin destino va asumiendo la realidad poco a poco, como si de un cierto aprendizaje de la vida se tratara. Pero es un aprendizaje brusco, insoportable, en el que la esperanza se va difuminando y provoca un cierto abandono de la vida. Después de esta experiencia, Köves ya no puede olvidar y cree necesario recordar para encontrar un sentido: “No comprendía cómo no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, conectarlo con algo, al fin y al cabo ya no podía bastar con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido”. De hecho, Kertész realiza el mismo ejercicio de catarsis con esta novela, al describir el infierno de un destino cruel que le tocó vivir pero asumiendo, como el protagonista, que el destino en realidad no existe porque somos libres y capaces de confeccionarlo por nosotros mismos ante las circunstancias, incluso en aquellas situaciones más condicionadas.

miércoles 28 de diciembre de 2011

Un cajón de cuentos (XIX): Ondina de Friedrich de la Motte Fouqué


La evolución mitológica de las sirenas desde su forma de monstruo con cabeza y pecho de mujer y cuerpo de ave hasta trocar éste por uno de pez de larga cola va pareja a su transmutación de un ser perniciosamente seductor en busca de víctimas a otro más melancólico y erótico, pero igualmente cautivador. En la Edad Media, la sirena se convierte en un personaje muy atractivo debido a su atemporalidad y su no pertenencia completa al mundo de los humanos. Paracelso la cita en su Libro de las ninfas, sílfides, pigmeos, salamandras y de otros espíritus – inspiración directa para la obra de Fouqué- y el arte se encarga de representarla en capiteles, pinturas, sillerías y otras manifestaciones artísticas como motivo de la tentación y la perdición a la que se ve abocado el ser humano, algo ya presente en las obras griegas clásicas de Homero o Apolonio de Rodas. En la mitología germánico-escandinava, el equivalente a las sirenas son las ondinas, que suelen habitar en manantiales, lagos y ríos.
Y es en el contexto de la literatura germánico-escandinava donde reaparece el mito de la ondina-sirena como tema recurrente del Romanticismo. En la búsqueda de las raíces populares, el cuento se recupera como género literario y se diverge en cuento popular —de transmisión oral sin autor conocido— y cuento de autor —composición en base a una historia o leyenda popular—. Según Novalis, el cuento constituye el único género capaz de reconstruir una imagen de la perfección futura a partir de una edad de oro pasada, donde los hombres vivían en armonía con la naturaleza. Asimismo se recupera el espíritu de una religiosidad primigenia, como bien apunta José Rafael Hernandez Arias: “La prioridad que dio el Romanticismo al sentimiento y a lo espiritual provenía de una mirada religiosa. Safranski tiene razón cuando habla del Romanticismo como una continuación de la religión con medios estéticos (…) El bosque, la noche, lo mágico y maravilloso, el demonio, la muerte, la locura, los sueños, las experiencias místicas, estos motivos aparecen una y otra vez en las obras del Romanticismo, obsesivamente, acompañados de una crítica de la vida urbana como corruptora de la naturalidad del ser humano y de una transfiguración del mundo medieval en el que se cree encontrar una fe verdadera”.
En consecuencia, partiendo del género cuentístico y recuperando esa fe mística religiosa, la ondina se presenta en la literatura como el sueño romántico de la inocencia e ingenuidad primitiva. Tenemos variados ejemplos de ondinas y sirenas en la narrativa de esta época, como la celebérrima La sirenita  de Hans Christian Andersen, que es una variante infantil de ese amor no correspondido. Mucho menos intenso que el de Andersen y con la ondina como ser maléfico capaz de alejar a los enamorados, es el cuento de La ondina del estanque, recopilado por los hermanos Grimm. Quizás uno de los mejores cuentos de Oscar Wilde sea El pescador y su alma, pues trata dos temas fantásticos de forma excepcional: la sirena enamorada y el hombre sin alma o una variante del doble. Es curioso destacar que en España también existen dos ejemplos post-románticos, uno debido a Gustavo Adolfo Bécquer que en Los ojos verdes nos transmite la trágica historia de un gentilhombre seducido por la belleza de un ser que habita en un manantial. Por otro lado tenemos la historia de La ondina del lago azul de Gertrudis Gómez de Avellaneda, donde un joven soñador se ve atrapado por una supuesta habitante del lago. La historia tiene una explicación racional, pero abre las puertas a lo sobrenatural para quien decida creer.
Pero sin duda el relato más extraordinario concebido sobre estos seres es la Ondina de Friedrich de la Motte Fouqué. De sus libros, parece que sólo se siguen leyendo sus dos relatos más largos, el que nos ocupa y La mandrágora, aunque en su tiempo fue uno de los escritores más populares de esa segunda hornada de genios románticos alemanes. Fouqué fue uno de los íntimos de Hoffmann, con quien se reunía en torno a las tertulias literarias que éste celebraba en compañía de otros amigos como el escritor Adelbert von Chamisso, bajo el título de “Orden de los Serafines” y que más tarde pasarían a denominarse “Hermanos de San Serapión” –veladas recogidas por Hoffmann en su recopilación cuentística de Los hermanos de San Serapión-. Cabe recordar asimismo que sería Hoffmann el encargado de convertir esta narración en una ópera con libreto de Fouqué.
La historia relatada en Ondina  es de una belleza cautivante. En ella se transmite todo lo apuntado sobre el misterio de la fe y la naturaleza. La existencia libre y salvaje de Ondina choca con el correcto comportamiento cristiano representado por la figura del sacerdote, pero al que todos los demás personajes se atienen. La parte no humana de Ondina tiende a aflorar a pesar de obtener el amor deseado, mostrando así el autor la atracción que siente el ser humano por aquello que se relaciona con el más allá y el temor a sus consecuencias. La rivalidad surgida entre las dos mujeres del relato simboliza esa dualidad entre la norma social y el individuo en comunión con la naturaleza que pregonan los autores románticos. Un mundo fantástico se entremezcla  con el real y consigue atraparnos el misterio de esos seres que pueblan el bosque y el lago, las evocadoras descripciones paisajísticas de Fouqué nos trasladan a un mundo de fantasía medieval contrastando la serenidad  y vitalidad de la vida en la naturaleza con la tristeza permanente que emana  de la vida en el castillo y la ciudad. Como cualquier historia de ondinas, todo tiende hacia la tragedia, ya que ese estado no humano no tiene cabida en un mundo que censura lo inexplicable. Pero la belleza de este texto parte de ese canto al primitivismo y la irracionalidad, donde la naturaleza se incorpora a la vida de los seres humanos y donde las palabras sugieren y evocan mundos casi oníricos.

lunes 19 de diciembre de 2011

Bitter Bierce




"Cínico: Un sinvergüenza cuya defectuosa visión ve las cosas como son, y no como debieran ser. De ahí la costumbre entre los escintios de sacarle los ojos al cínico para que viese mejor.
Sátira: Tipo de creación literaria ya obsoleta en la que los vicios e ineptitudes de los enemigos del autor eran expuestos con una ternura imperfecta. En este país, la sátira nunca ha existido excepto en un estado enfermizo e incierto, ya que su esencia es el ingenio, el cual es extremadamente escaso por aquí.
Ingenio: La sal con la que el humorista americano estropea sus guisos intelectuales al no utilizarla nunca".
Con el sobrenombre de “Bitter” (amargo) fue conocido el escritor norteamericano Ambrose Bierce. Pero esencialmente Bierce era un cínico que despreciaba las convenciones sociales y que utilizaba su mordaz ingenio para crear geniales sátiras en forma de breves cuentos, fábulas o en definiciones como las anteriores pertenecientes a su vitriólico y perenne Diccionario del diablo, donde se nos muestran esas sensaciones entre jocosas y desazonadoras que son comunes a todos sus textos.
Ambrose Bierce fue un reconocido escritor y periodista que ha pasado a la posteridad por ser el creador de una narrativa breve ferozmente crítica, irónica y de corte grotesco. La lectura de sus obras más emblemáticas como Cuentos de soldados y civiles, ¿Pueden suceder tales cosas?, Diccionario del diablo o Fábulas fantásticas siguen siendo fuente inagotable de comicidad y angustia a parte iguales. Es muy probable que Bierce necesite un reconocimiento urgente que le autorice como una de las voces narrativas más influyentes  de la literatura y el cine norteamericanos del siglo XX y que supere su status de creador de literatura de género. Quizás la reedición de sus más significativas obras en Alianza, acompañadas por la eficaz tarea que ha realizado Valdemar con buena parte de sus textos signifique que se empieza a revalorizar su figura.
Y es que el humor y el dramatismo parecen ir hermanados tanto en su vida como en su obra. Ambrose fue el décimo de trece hermanos que compartieron, verbigracia de su progenitor, la curiosa e hilarante idea de comenzar todos sus nombres de pila por la letra “A”. Su azarosa vida le llevaría a alistarse en el ejército de la Unión como combatiente y vivir así los horrores de la guerra en primera fila, experiencia que quedaría reflejada como pocas veces se ha visto en sus Cuentos de soldados y civiles. Las muertes de sus hijos o de su segunda esposa agriaron un poco más el carácter de tan pesimista personaje y así, cansado de la vida y tras acabar de recopilar sus obras completas, decidió marchar al México de la revolución donde su rastro se perdería para siempre. Antes de partir enviaría una carta a la esposa de su sobrino, donde dejaría patente ese menosprecio vital y un irreverente sentido del humor, como el que le hizo famoso en sus narraciones y artículos periodísticos:
“Querida Lara: Mañana parto para una larga temporada, de forma que esta es sólo para decir adiós. Creo que no vale la pena añadir nada más; dado lo cual esperarás, por supuesto, una larga carta. ¡Cuan intolerable sería este mundo si sólo dijéramos lo que vale la pena decir! Y no hiciéramos nunca nada estúpido, como ir a México y Sudamérica (…) ¡Que le den a la civilización! Yo prefiero las montañas y el desierto.
Adiós. Si oyes que me han puesto contra un paredón mexicano y disparado, por favor, piensa que yo lo veo como una bonita manera de partir de esta vida. Supera en mucho la vejez, la enfermedad o una caída por las escaleras de la bodega. ¡Ser gringo en México: eso sí es eutanasia!
Con cariño a Carlt, afectuosamente tuyo, Ambrose.”
Existen en las historias de Bierce una causticidad nada amable que asombra al aproximarse por primera vez. De ahí que cuentos tan directos como Aceite de perro, Mi crimen favorito o El hipnotizador sean tomados como puramente macabros, ya que retratan a personajes que hacen del crimen una virtud irreprochable en contraste con el horror que se deriva de sus acciones, es decir, que el cinismo del autor provoca que veamos acontecimientos totalmente reprobables como actos naturales. Bierce juega con sus personajes, situándolos al límite de lo angustioso y recreándose en su tormento, pero también lo hace con el lector al girar sorprendentemente los acontecimientos con relatos como su célebre Suceso en el puente sobre el río Owl o con tantos otros como Un tiro de gracia, Uno de los desaparecidos, El dedo corazón del pie derecho, Circunstancias apropiadas, etc. El lacónico lenguaje utilizado por el autor convierte muchas de sus historias en piezas perfectas de concisión y eficacia, quizás poco elegantes pero siempre acertadas.
Aunque algunas veces Bierce utiliza explicaciones sobrenaturales, e incluso la ambientación casi onírica de relatos como Chickamauga o Un habitante de Carcosa hace pensar en cuentos de terror metafísico, su horror es más físico y psicológico en la línea de su maestro Poe o del genial Maupassant. De hecho es un escritor esencialmente satírico, aunque su corrosivo cinismo y sus apuntes entre sádicos y nihilistas le han impedido hacerse un nombre entre los grandes de la sátira. Su imagen de sarcástico, pesimista y misántropo ha sido un lastre en su valoración e incluso él era consciente de las limitaciones que esto suponía, llegando a pensar en titular unas posibles memorias como “la autobiografía de un hombre malentendido”. Y es que la sátira que tan bien cultivó deriva de su preocupación por combatir la hipocresía, la mentira y el vicio de una sociedad corrupta. El problema  es que sus ataques no se acababan en eso.
En todo caso conviene leer o releer al Bierce de narrativa corta y tener siempre a mano su Diccionario del diablo para encarar la vida con la mente despierta.